La Presidenta de la República aceptó recientemente una entrevista en la radioemisora Exitosa.
Durante el diálogo, ella dijo que el tema constituyente para redactar una futura nueva Constitución “no está cerrado” y es la ciudadanía quien debe decirlo en un referéndum. No dijo cuándo sería esa consulta popular, pero descartó que su Gobierno la impulse. Incluso retó al congresista Guillermo Bermejo, un “filo-terrorista” que hace varios meses se jactaba de estar recolectando firmas para un referéndum constituyente, a que diga cuántas rubricas recolectó.
De inmediato, los sectores “de derecha” saltaron hasta el techo. Lucas Ghersi, joven abogado, hijo del ex diputado Enrique Ghersi, quien fue la contraparte de Bermejo recolectando firmas para impedir el referéndum constituyente, tildó de “golpismo” las palabras de la Presidenta de la República y dijo que era el “camino al chavismo", en alusión a la Venezuela bolivariana. Varios diarios de circulación nacional dedicaron sus portadas a rechazar cualquier insinuación de un referéndum constituyente.
En sectores "de derecha" hay pánico -no reciente- de oír sobre un referéndum constituyente. ¿Por qué?. Ciertamente, existe más de un fanático de la Constitución de 1993 (basta leer o escuchar las tonterías laudatorias que expresan), pero el pánico es, principalmente, porque temen al poder constituyente, capaz de desmantelar la democracia restaurada en 2001 o aprobar la nacionalización de empresas, la nulidad de todos los contratos-leyes vigentes y una mayor intervención estatal en la economía.
¿Es inevitable ese desenlace?. En absoluto. Depende de cómo se elijan a los constituyentes y cómo se conforme la corporación. En Colombia, en 1991, la Asamblea Nacional Constituyente no condujo a ninguna deriva autoritaria o totalitaria. En esta columna no abogo por un referéndum constituyente sino analizo la realidad.
Pese a su origen en dictadura, la Constitución de 1993 funcionó para la transición hacia la democracia y durante los primeros dieciocho años. Sin embargo, comenzó a mostrar sus defectos a partir de 2019. Como expresó el congresista Edward Málaga-Trillo, la Constitución de 1993 “se está descosiendo”. Por su parte, el discurso de “lucha de clases” que las facciones de izquierda radical han difundido los últimos años se ha “materializado” en la Constitución de 1993 y ese mensaje ha calado. Para una parte significativa de la ciudadanía (especialmente, en provincias) la Constitución de 1993 ya no es “legítima” por más reformas que el Congreso pueda aprobar.
Si en sectores “de derecha” hubiese gente más inteligente y menos miedosos, hace rato hubieran arrebatado sus banderas a los sectores “de izquierda”. Primero, decirles a los últimos que, si quieren elecciones constituyentes, ellos sólo las aceptarían si fuesen con sufragio universal, igual, directo y secreto, con representación proporcional y distritos electorales plurinominales, a semejanza de los comicios parlamentarios. Apuesto que los “rojos” y “rojimios” NO aceptarían. Entonces podrían proponer una reforma constitucional casi total, que transforme el sistema político, redactada por una “junta de constitucionalistas”, aprobada después por el Congreso y ratificada en referéndum. Así nacería una nueva Constitución, con legitimidad de origen (en democracia) y acabaría la “cantaleta constitucional” por una buena cantidad de décadas.
Por supuesto,
no espero que en sectores “de derecha” me presten atención, pero sólo digo que
la Constitución de 1993 morirá inevitablemente y es mejor que sean ellos
quienes alienten la nueva, no los sectores “de izquierda”.
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