Recientemente, me percaté en
televisión que el periodista Marcos Sifuentes (con quien no simpatizó mucho,
porque posa de “progre”) fue el único que se acordó del cincuenta aniversario
de la tragedia del Estadio Nacional en 1964: fecha que no debiera olvidarse,
porque a Perú lo rondan las tragedias humanas o naturales.
Los hechos ocurrieron así: el 07
de mayo las selecciones amateurs de Perú y Ecuador inauguraron en Lima los
partidos por la eliminatoria sudamericana a las Olimpiadas Tokio 1964. Siete
selecciones disputaban dos cupos a Tokio: Perú y Ecuador, Argentina, Colombia,
Uruguay, Chile y Brasil. Perú goleó 3-0 a Colombia el 10 de mayo y venció 2-0 a
Uruguay el 17.
Hasta que llegó la tarde del
domingo 24 de mayo de 1964. 47,157 aficionados llenaron las cuatro tribunas del
Estadio Nacional de Lima, inaugurado en 1926 y remodelado en 1952. Ese día se
iban a enfrentar las selecciones de Perú y Argentina. Los argentinos eran los
favoritos para hacerse del primer lugar del torneo. Había sido designado el árbitro
uruguayo Ángel Eduardo Pazos. Los espectadores asistieron esperando la
clasificación, igual que cuatro años antes para Roma 1960. En el equipo peruano
destacaban jóvenes jugadores como Héctor Chumpítaz, Víctor Lobatón, Inocencio
La Rosa y Enrique Cassaretto. El partido se iba desarrollando relativamente
bien, salvo algunas faltas normales en un partido de fútbol. En el minuto 15 de
la segunda mitad el jugador argentino Néstor Manfredi anotó el primer gol del encuentro,
enmudeciendo al estadio. Perú empezó perdiendo el partido, repitiendo lo que
ocurrió en su debut, cuando le empató a los ecuatorianos con gol de Lobatón.
Faltaba media hora de juego y
Argentina se ponía adelante en el marcador. En sus tres partidos anteriores,
los argentinos sólo habían recibido un gol y jamás les había empatado un
encuentro. La situación estaba complicada para los peruanos. La gente en el
estadio comenzó a ponerse nerviosa. Faltaban muy pocos minutos para que concluya
el partido y Argentina continuaba adelante en el marcador. De repente, en
segundos, un hecho desató la alegría, luego la indignación y al final, la
tragedia. Se jugaban los cuarenta minutos del segundo tiempo y Pazos anuló un
gol a Lobatón. Aparentemente lo hizo, porque el peruano había planchado la
pelota ante el zaguero Andrés Bertolotti.
El gol anulado enardeció a los
asistentes. Desde todas las tribunas llegaron los reclamos que cada vez más eran
más airados. Los hinchas que habían llenado la tribuna norte zamaqueaban la
alambrada. En la tribuna de oriente, los aficionados empezaron a jalar los
asientos de madera hasta que consiguieron zafar los pernos que los anclaban al
piso. Luego, empezaron a arrojarlos al gramado, donde aún permanecían los
jugadores de uno y otro equipo.
En la popular sur, las fogatas
calentaban aún más el ambiente, que estaba enardecido por lo que consideraba un
injusto fallo arbitral. En medio del caos que se producía en las tribunas, el
árbitro decidió dar por concluido el encuentro debido a la falta de garantías.


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