Lima contra vendedores ambulantes


Están por varias zonas de Lima. Venden desde ropa de caballeros y damas hasta alimentos, incluida cualquier bisutería. No sabemos si es mercadería lícita comprada o robada, pero todo se vende.
 
Quienes venden son hombres y mujeres, desde jóvenes hasta ancianos. Desparraman la mercadería sobre el suelo o utilizan algún mueble rodante. Todos dicen que trabajan en la calle “por necesidad”, pero cuando se les ofrece “formalizarlos” en serio lo rechazan con ene pretextos. No respetan la propiedad pública, les da asco la posibilidad de tributar, exhalan un aire de insolencia y están dispuestos a destruir, golpear y hasta matar por mantener su modo de vida. Así son los vendedores ambulantes, que nuevamente se han convertido en un problema para la ciudad capital.
 
Al otro lado, está la alcaldesa Susana Villarán y sus funcionarios, quienes por acción o inacción han permitido que vendedores ambulantes (re)ocupen distintas calles y avenidas del Centro Histórico y proliferen en varios distritos de la ciudad. Cuando periodistas o reporteros les preguntan por qué ocurre, responden que es un “fenómeno social”. A la pregunta de cómo enfrentarlo, responden que es necesaria la “reubicación” o programas de “reconversión laboral”. Mientras tanto, siguen allí, invadiendo pistas o veredas, ensuciando, tugurizando y dando a la ciudad una apariencia cada vez más “pueblerina”.
 
No todo informal es ambulante, no todo ambulante es informal y no todo ambulante es informal, porque no pueda “formalizarse”. La formalidad tiene costos (licencias, recibos, certificados, pagos, etc.), pero esos vendedores ambulantes que se llenan la boca pregonando el “derecho al trabajo” saben que la informalidad es más barata. De izquierda a derecha del espectro político ya hay un consenso en que los costos de la formalidad bajen (aún más), pero ningún político, economista, periodista o intelectual pide que los costos de la informalidad suban. De lo contrario, se mantiene un perverso incentivo para la informalidad.
 
Una forma de aumentar el costo de la informalidad serían los operativos policiales para retirar a esos vendedores que ocupan calles y avenidas. Esos individuos, quienes suelen amparar el lumpen y la criminalidad, deben entender y hasta temer ocupar espacios públicos, porque “les puede ir muy mal”.
 
Esa lucha no puede encabezarla personajes de mentalidad “pequeñoburguesa” como Villarán, que consideran a esos vendedores ambulantes como “el pueblo”, mientras hostigan o desprotegen a dueños o administradores de tiendas comerciales. En la década de 1980 el alcalde Alfonso Barrantes también “permitió” que el comercio ambulatorio se apodere del centro de Lima y alrededores, pese a esfuerzos de su antecesor y un joven regidor metropolitano llamado Luis Castañeda por erradicarlo. Doña Susana nos regresó al pasado.
 
Si queremos que Lima se parezca a Buenos Aires, Santiago de Chile, Bogotá o México DF, no hay otra opción que “arrasar” con vendedores ambulantes y su mercadería (desde 1991 está prohibido confiscarla), así como fue “arrasada” la alcaldesa.

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