El Perú va rumbo al precipicio.
No por la pandemia viral COVID-19 sino por el Gobierno nacional de ese “aventurero” llegado a la Presidencia de la República mediante la sucesión constitucional de 2018. La quinta prórroga al Estado de Emergencia, el toque de queda y el “aislamiento obligatorio” en todo el país ha hecho más patente el fracaso en el control de la pandemia.
El virus está indetenible. Posiblemente, el número real de contagiados sea tres o cuatro veces mayor a la cifra oficial. De igual modo, la cifra oficial de fallecidos cada vez es menos creíble, pero es demasiado alta. Los hospitales siguen colapsados, las cremaciones o entierros de cadáveres no paran. Faltan más pruebas de despistaje, faltan mascarillas y ropa protectora para médicos y enfermeras, faltan respiradores artificiales y ventiladores mecánicos, faltan médicos y enfermeras, faltan medicamentos y balones de oxígeno. En simultáneo, el empobrecimiento de las clases medias sigue, llegaremos a los tres millones de desempleados, miles de empresas están quebradas, el reinicio de actividades económicas es lento y engorroso, los prometidos créditos de reactivación económica no llegan, el Gobierno está disparando el endeudamiento externo y acrecentando el déficit fiscal, los pobres y pobres extremos sobreviven como pueden, porque ya perdieron el miedo a la pandemia.
Ante este escenario apocalíptico, algunas voces críticas hablan de un “plan comunista para matar a la población” y preparar la “toma del poder” de la izquierda radical, supuesta aliada del “aventurero”. Nunca me he basado en un punto de vista ideológico, sistémico o discursivo para analizar la conducta política del “aventurero” sino en su psicología personal. ¿El “aventurero” y su Gobierno hacen todo mal “a propósito”?.
Una lección que el “aventurero” ha aprendido bien de su siniestro asesor argentino es “parecer antes que ser o hacer”. Cuando surgió el primer caso por el virus en el país, el “aventurero” salió en la televisión buscando proyectar “seguridad y tranquilidad”, pero sin hacer nada más: sólo son algunos casos, se aislarán y no habrá pandemia. Sin embargo, cuando los casos empezaron a subir, trató con algunas medidas sanitarias de contención, pero los casos aumentaban y su imagen peligraba. Entonces se fue por las medidas más efectistas posibles para que no parezca perder el control: Estado de Emergencia, toque de queda y “aislamiento obligatorio”. El “aventurero” debía salvar su falsa imagen de imponente, sin interesar nada. ¿Acaso la gran mayoría de la población no aplaudió al inicio la drasticidad de esas medidas y el despliegue militar y policial?. Como gustó tanto, el Gobierno siguió con la misma línea política: perseguir y detener infractores. Sin “sus” medios de comunicación, nunca lo hubiera logrado. Aprovechar el tiempo para preparar el sistema de salud pública, no era prioridad.
Después el “aventurero” creyó el “cuento chino” que con estrictos confinamientos (en ese momento, aplaudidos), China “venció” la pandemia. Entonces vinieron los ensayos con el toque de queda, pero empezaron a notarse las contradicciones: un confinamiento más sofocante no disminuía los contagios. El Gobierno comenzó a reforzar el mensaje de culpabilidad de la población: se contagia, porque desobedece. No obstante, se ha agotado, porque a la pandemia se unió la crisis económica. De ahí las “distracciones” momentáneas del Gobierno: tema A, tema B, tema C. Al final, el “aventurero” se desesperó y apareció triunfalista en TV anunciando el “pico” y la “meseta” de contagios. Debía demostrar -otra vez- que él controla la situación, pero creo cometió un gran error. Ya la realidad está liquidando la propaganda.
Desde
ahora, el “aventurero”, a quien el virus parece haber despertado en él una
vocación insaciable de poder, estará desesperado por ocultar el fracaso. Especialmente,
ocultar las muertes. Por eso las amenazas de mantener la excepcionalidad y
aplicar mayor represión. No dudemos que está dispuesto a “cargarse” todo y a
todos, porque él es el verdadero y culpable.
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