Según la encuestadora GFK, Daniel
Urresti, el ministro del Interior, goza de 48% de aprobación entre la
ciudadanía encuestada. Supera en porcentaje al Presidente de la República y la
Primera Dama de la Nación.
Imposible no hablar de Urresti en
las redes sociales (hasta la actriz Anahí de Cárdenas debió hacerlo) o los
medios de comunicación. Algunos lo consideran proactivo y tenaz, otros
parlanchín y vanidoso. Algunos piensan que es populachero, otros que está loco.
Algunos lo aplauden, otros lo critican.
Aunque no lo crea, Urresti tiene
un antecedente remoto: el abogado Luis A. Flores. Figura clave en la
dictadura del comandante Luis Miguel Sánchez Cerro, Flores fue diputado al
Congreso Constituyente, Ministro de Gobierno y Policía y Presidente del Consejo
de Ministros. Dirigente de la Unión Revolucionaria, adquirió fama de duro y
cruel, al mismo tiempo que tenía carisma para ganar aplausos y seguidores.
Flores promovió la destitución de
los diputados del APRA, encabezó la brutal represión contra la rebelión aprista
de Trujillo en 1932 y apresó y deportó a decenas de apristas en Lima y el resto
del país. Tras la sublevación “aprista” de la Marina de Guerra en el Callao ese
mismo año, personalmente, supervisó el fusilamiento de los sublevados, quienes fueron
sentenciados a pena de muerte por una corte marcial, violando la Constitución
de 1920. Intrépido y audaz, retó a duelo al jurista Luis Eguiguren, entonces presidente
de la Constituyente, porque no impidió una moción de censura contra su
gabinete. Al morir Sánchez Cerro, apoyó la dictadura del general Oscar R.
Benavides, pero después rompió con ésta al “entenderse” con los apristas. Por
influencia italiana, Flores y la Unión Revolucionaria se declararon fascistas.
En las elecciones generales de
1936 Flores se presentó como candidato presidencial, con un discurso populista,
xenófobo, anti-aprista y anti-comunista. Obtuvo 29.1% de votos válidos frente a
Eguiguren, quien consiguió 37.1% por respaldo del APRA. Entonces Benavides
anuló los comicios y el Congreso Constituyente se “auto-disolvió”. La Unión
Revolucionaria fue perseguida y Flores se exilió en Chile. Regresó para las
elecciones generales de 1945. Su negativa a romper con el fascismo tras el
final de la Segunda Guerra Mundial significó el fin de sus días políticos
gloriosos. Sin embargo, consiguió (literalmente, a balazos) una senaduría en
las elecciones parlamentarias de 1947, superando en votos al APRA y otros
partidos políticos, pero el receso del Senado le impidió ejercer como senador.
Flores aplaudió el golpe de
estado de 1948 y la dictadura del general Manuel Odría lo premió enviándolo a
Italia como embajador peruano en Roma, hasta 1950 cuando volvió al Perú y se
retiró a su hacienda en Piura. En 1956 el gobierno de Manuel Prado lo destinó a
Paraguay como embajador peruano en Asunción, hasta 1962. Falleció siete años
después.
Urresti no es Flores, pero ambos expresan
que en el Perú la imagen de “hombre duro” todavía tiene simpatías entre amplios
sectores de la población.


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