La culpabilidad en la COVID-19

 

Hay una falacia relacionada con la pandemia viral COVID-19 en el Perú que, desgraciadamente, ha calado en nuestra sociedad: tenemos la culpa por el descontrol de la pandemia.

Si enumeramos todas las mentiras maniqueas de ese “aventurero” llegado a la Presidencia de la República mediante la sucesión constitucional de 2018 y su incompetente y corrupto Gobierno, culpar a la población por la expansión del virus es la más cínica, cruel e injusta de todas.

¿Tenemos la culpa por la pandemia?. Cada quien es responsable por sus acciones. Si usted vive en Lima, jamás será responsable si alguna persona en Arequipa o Cusco no usó mascarilla o no mantuvo la “distancia social”. Nadie mejor que nosotros mismos para cuidar nuestra salud.

Con esta premisa, parte una verdad incontrastable. Excepto los lunáticos, nadie quiere contagiarse del virus deliberadamente. Todos intentan cuidarse. Por eso el uso de la mascarilla, el mantenimiento de la “distancia social” y hasta el aseo constante de las manos ya se han interiorizado. Cada quien lo hace en la medida de sus posibilidades.

Esa conclusión nos desprende una realidad irrefutable: las medidas sanitarias del Gobierno nacional. Las personas las cumplirán siempre y cuando las perciban coherentes, razonables y prudentes. No solamente por evitar multas o detenciones. Siempre habrá algún díscolo por ahí, pero no es la mayoría. ¿Recuerda usted los primeros quince días bajo el Estado de Emergencia, el toque de queda y el “aislamiento obligatorio” en todo el país, allá por marzo?. El cumplimiento fue casi total, porque muchísimas personas creyeron correcto y oportuno el confinamiento general en casa (la mal llamada “cuarentena”) para contener la pandemia y hasta se sacrificaron económicamente. Es importante recordarlo.

¿Qué ocurre si las medidas sanitarias son consideradas incoherentes, absurdas e invasivas?. Simple: comienza la resistencia. En algunos casos, en defensa de la libertad. ¿Cómo explicar las recientes manifestaciones, por ejemplo en España, en rechazo al uso obligatorio de mascarillas al aire libre?. En otros, por motivos apremiantes: el dinero. Por eso aquella frase “Prefiero morir del virus que morir de hambre”. Quien asumió libremente los riesgos de su elección y se contagia, tampoco es un “enemigo de la sociedad”, como dijo públicamente el inadaptado “aventurero”, sino un paciente, quien requiere atención médica.

Llegamos al último punto: la labor de políticos y gobiernos no es quitarnos la libertad y perseguirnos o confinarnos sino garantizarnos un sistema de salud pública relativamente eficaz en la atención de enfermos. Por algo pagamos impuestos. ¿Usted cree sinceramente que el “aventurero” y su Gobierno han cumplido garantizándonos servicios médicos adecuados?.

Si pueden, busquen y compren un libro titulado El jinete pálido, escrito en 2018 por la periodista española Laura Spinney, sobre la pandemia de “gripe española” de 1918. Se sorprenderán las similitudes de cómo los seres humanos (sin importar la nacionalidad) reaccionamos entonces y hemos reaccionado ahora.

 

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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