Finalmente, la Presidenta de la República cumplió su capricho: tendrá un sueldo mensual que sobrepasará los treinta y cinco mil soles.
El anuncio lo hizo el Ministro de Economía y Finanzas, un fantoche que ni respecto genera. Se hará mediante decreto supremo promulgado en el diario oficial El Peruano. La norma no podría ser derogada por el Parlamento, pero dudo que el impopular e “ilegítimo” Congreso lo hiciese.
En un anterior artículo, hablamos sobre los antecedentes y el escalafón salarial en la administración pública. El incremento no está mal por sí solo, sino que lo hiciera el desacreditado Gobierno nacional, para Su Excelencia (quien es ultra-impopular), en este contexto de desbordada criminalidad organizada y delincuencia callejera y ralentizado crecimiento económico y faltando casi un año para finalizar el mandato presidencial.
Los medios de comunicación han recogido la reacción ciudadana. Reporteros en las calles de Lima u otras ciudades han preguntado opiniones. Casi la totalidad estuvo en desacuerdo. Incluso muchas personas opinaban enojadas e indignadas. No creen que la Presidenta de la República se merezca recibir mayor remuneración. Sin embargo, exceptuando algunas voces contrarias como los congresistas Carlos Anderson, Edward Málaga-Trillo o Susel Paredes, a la dirigencia política no parece molestarle. El sucio Presidente del Consejo de Ministros y varios de los ministros corifeos han defendido la medida.
Quizá Su Excelencia, los ministros y muchos políticos dirán: hágalo. No puede ser más detestada que ahora. Sí, la Presidenta de la República es la autoridad política más odiada del país. Basta con lo sucedido recientemente en Arequipa. Periodistas locales informaron mal y el Ministro de Vivienda, Construcción y Saneamiento, quien fue allá para inaugurar un par de obras públicas sobre agua y desagüe, fue confundido con Su Excelencia y los automóviles de la comitiva oficial fueron apedreados.
Estadísticamente, a la Presidenta de la República no la aprueba nadie, de acuerdo a diferentes encuestas de opinión. Adicionalmente, hay muchísimo descontento, frustración y furia en la ciudadanía contenidos contra todos los políticos y todo el sistema político. Si esas emociones negativas no estallasen antes, estallarán el día de las elecciones generales del próximo año, aunque ciertos charlatanes en la opinión pública digan que no sucederá nada anormal. Mucha gente se vengará con sus votos en las ánforas.
Pronto la rabia popular por el alto sueldo presidencial, el despilfarro y la podredumbre del Congreso, la rampante corrupción administrativa en los gobiernos regionales y locales, etc., será capitalizada por un candidato presidencial, aspirante a futuro caudillo, quien prometerá “terminar de raíz con la farra y el latrocinio”, sin importar que, finalmente, “se cargue” la democracia restaurada en 2001 y, por ende, el modelo económico heredado de la década de 1990. No tengan la menor duda que muchísimos electores votarán por ese hombre.
Para
entonces, será tarde. Tarde para nosotros, tarde para el país.
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