El alcalde de Lima, Luis Castañeda, ha vivido hasta
ahora su hora más difícil.
Todo empezó con las protestas contra la colocación del
“peaje espejo” en la ruta norte-sur por Chillón, en Puente Piedra, a cargo de
la concesionaria vial Rutas de Lima y autorizado por Castañeda. Estalló la
violencia por turbas que dañaron propiedad pública y privada. Hubo choques con
la Policía Nacional, varios heridos y muchos detenidos para proceso judicial. Durante
la ceremonia por el aniversario 482 de Lima, Castañeda anunció que NO habrá
peaje.
Días antes Castañeda decía que "el contrato está
protegido por la Constitución de 1993” (contra arbitrariedades, pero no impide renegociaciones
bilaterales), que estaba “atado de manos” y hasta pidió al Defensor del Pueblo “encontrarle”
una solución. Pidió también al Presidente de la República y su Gobierno “exonerar”
los peajes del pago por Impuesto General a las Ventas, sin éxito. Después suspendió
el cobro, aunque el contrato prevé la indemnización a Rutas de Lima por el
valor del ingreso promedio diario del peaje si no lo puede cobrar. Ante el
cierra filas político, social y mediático, Castañeda reculó diciendo que lo votaron
para “defender los derechos” de limeños y limeñas.
Hace un año hubo protestas contra una ruta
alimentadora del corredor vial Javier Prado-La Marina-Faucett. Castañeda no defendió
su Administración y las turbas violentistas ganaron, pero todo duro poco
tiempo. Esta vez la agonía fue prolongada y halló a Castañeda debilitado por
críticas contundentes contra su polémico bypass
de la Avenida 28 de Julio (¡ya se está deteriorando!), sospechas por actos de
corrupción con la concesionaria vial Línea Amarilla (hoy de capitales
franceses), su creciente soberbia (“el mejor alcalde de todos los tiempos”, “soy
el rey del concreto”) y su desprecio por las voces discordantes (abre las
sesiones del Concejo y se va sin oír a los regidores opositores), quien ahora
no sabe qué “renegociará” con Rutas de Lima.
El “castañedismo” o la adhesión popular inquebrantable
por Castañeda dentro y hasta fuera de Lima siempre tuvo un elemento esencial en
la política: liderazgo. Cuando fue Alcalde de Lima entre 2003 y 2010, Castañeda
“lideraba” la ciudad. Con su fuerza de voluntad y firmeza de decisión emprendió
obras públicas (escaleras de la solidaridad, Metropolitano, remodelación de plazas
o parques) o políticas (Hospitales de la Solidaridad, administración
tributaria) que él creía convenientes. Altísimos índices de aprobación de
Castañeda en las encuestas de opinión no eran por las acciones en sí, sino por su
fuerte liderazgo. Quería ser candidato presidencial y Lima era su “carta de
presentación”.
Hoy Castañeda no tiene aspiraciones presidenciales. La
reforma constitucional de 2015 por el Congreso eliminó la reelección inmediata
de autoridades municipales y regionales y no podrá ir a la reelección en 2018. Ya
no lidera. Por eso sus índices de aprobación en las encuestas de opinión caen. Sólo
“sobrevive” hasta las elecciones municipales y regionales.
La magia del “castañedismo” se apagó.

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