Son 140 años del magnicidio de Manuel Pardo y Lavalle:
hecho transcendental en la historia del Perú.
Nacido en 1834, Pardo fue hijo del escritor Felipe
Pardo y Aliaga. Oriundo de la Lima señorial, se educó en el Convictorio de San
Carlos, hoy parte de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. También en
Chile, España y Francia.
Economista, hacendado y financista, con la Revolución
de 1865 Pardo empezó su carrera política integrando el llamado “gabinete de los
talentos” como Secretario de Hacienda. En 1868 fue Director de la Sociedad de
Beneficencia Pública de Lima, entre cuyos logros figura la construcción del
Hospital Dos de Mayo. Al año siguiente, fue designado Alcalde de Lima,
esmerándose por el saneamiento y ornato de la ciudad, canalización de acequias,
el pavimentado de calles, inauguración de plazas y la construcción de la
carretera de Lima al Callao.
Pardo no fue un hombre de doctrinas ni reflexiones
filosóficas, pero quería que el Perú se quitara la legañas virreinales. Junto
con grandes comerciantes, hacendados, industriales y consignatarios guaneros,
fundó el futuro Partido Civil: anti-militarista y anti-anárquico. Tras la
sangrienta rebelión de los coroneles Gutiérrez en 1872, el Congreso votó a
Pardo como Presidente de la República.
Durante el cuatrienio de Pardo (bajo la Constitución
de 1860) se creó el Reglamento General de Instrucción Pública, se reorganizó la
Guardia Nacional, se fundó la Escuela de Ingenieros Civiles y de Minas (hoy
Universidad Nacional de Ingeniería), se establecieron los registros civiles
(que le trajo el odio de la Iglesia Católica), se fundó la Escuela de Bellas
Artes, se abrió relaciones diplomáticas con Japón en 1873 y se continuó la
construcción de vías férreas heredadas de su antecesor. No obstante, debió
enfrentar una severa crisis fiscal que menguó el tesoro público: la economía en
recesión, el desempleo aumentó y los precios de los alimentos subían. También
un intento de asesinato en 1874 y la sublevación del barco El Talismán ese año,
además de una feroz oposición desde el Congreso y la prensa escrita.
Terminó su mandato entregando el poder a su sucesor,
el general Mariano Ignacio Prado. Sindicado maliciosamente en el motín de la
guarnición del Callao en 1877, Pardo se refugió en la legación francesa y
después se exilió en Chile. Allá vio la creciente tensión y deseo expansionista
chileno contra Bolivia. Ahora dudaba del tratado defensivo con los bolivianos
firmado en 1873 y ya no creía que Argentina era nuestro “mejor acorazado”, como
antes. Por eso cuando fue electo senador, en 1878 decidió volver al Perú contra
el consejo de familiares y amigos. Los senadores lo eligieron como Presidente
del Senado.
El 16 de noviembre Pardo ingresaba al edificio del
Senado y el batallón Pichincha presentaba armas y le rendía honores. Uno de los
soldados, el sargento Melchor Montoya, un tipo vulgar y con mal aspecto, le
disparó mientras gritaba “¡Viva el
pueblo!” y huyó hacia la Plaza de la Inquisición, donde fue capturado.
Pardo murió una hora más tarde, desangrado, pero compadecido por partidarios y
adversarios. Montoya actuó con tres conjurados militares, porque temían que un
proyecto de ley sobre ascensos castrenses a debatirse en el Senado abortase sus
carreras dentro del Ejército. Fue juzgado y fusilado en 1880.
Es sintomático que Pardo fuera asesinado cuando el
Perú estaba a puertas del primer gran trauma nacional. Es triste que no sea muy
recordado, como en vida no fue muy apreciado. Algo hizo por el Perú y algo más
hubiese podido hacer por el Perú.

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