Perú no es Colombia

Según el politólogo Carlos Meléndez, en ningún país latinoamericano se está hablando tanto del “acuerdo de paz” y el plebiscito como en el Perú.

El “Acuerdo” en Colombia era resultado de un proceso negociador iniciado en 2012 entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), una guerrilla comunista surgida en 1964, señaladas como “narcoterroristas” por las violaciones a los derechos humanos y crímenes de lesa humanidad cometidos. Recientemente, se firmó el documento de 300 páginas en una linda ceremonia, con cantoras, misa y “balígrafos” (bolígrafos con balas de fusiles), a la cual asistió el Presidente de la República: hecho aplaudido por muchos expertos en relaciones internacionales.

Para el chileno José Miguel Vivanco, director de Human Right Watch, ONG defensora de los derechos humanos en América Latina, el “Acuerdo” era un “premio” a las FARC y daba impunidad a los delitos cometidos. Nadie iba a estar prisión, no tenían que devolver dinero mal habido y, encima, se les iba a dejar en control territorial de amplias zonas del país y con escaños parlamentarios, entre otras cosas. El “Acuerdo” debía refrendarse en plebiscito, pero -contra todo pronóstico- ganó la opción NO.

¿Por qué la repercusión en el Perú?. Meléndez quiere ver semejanza entre las facciones “acuerdista” y “pro-seguir” de Sendero Luminoso con las FARC y los promotores del NO con quienes acá defienden todo salvajismo militar-policial en la lucha antiterrorista durante las décadas de 1980 y 1990, acusan a cualquier que les discrepe de “caviar” o “filo-terrorista” y se llenan la boca con su “¡Terrorismo nunca más!”. ¡No!. Son dos realidades distintas.

En el Perú es inaceptable negociar con senderistas. Cuando el periodista Gustavo Gorriti lo propuso en 2012, fue rechazado desde izquierda hasta derecha. Rendición incondicional, nada más. Tampoco nadie planteó incorporar senderistas a la política. La “justicia transicional” aquí pasaba por juzgar y sentenciar violadores de derechos humanos y criminales de lesa humanidad, “reparar” a víctimas o familiares de víctimas y estudiar por qué ocurrió todo para no repetirlo, jamás por “amnistiar” terroristas presos y pretender que nada sucedió.

Quienes en Colombia abogaron por el NO en el plebiscito no eran “guerreristas” o “enemigos de la paz” sino personajes con tradición republicana, vocación democrática y calidad intelectual para entender que la paz no es a cualquier costo. En el Perú, salvo excepciones, los corifeos del “¡Terrorismo nunca más!” aún defienden la dictadura, llaman “excesos” a matar, torturar, violar o desaparecer, despotrican del Informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación que ni siquiera han leído y siguen difundiendo un “relato heroico” (militares y policías eran “guerreros antiterroristas” por Dios y la Patria) del pasado reciente, todo apelando a una insultante pobreza argumental.

No me sedujo el “fetiche” de la paz de Santos, pero tampoco he caído en el alarmismo de quienes levantan el “cuco” terrorista por interés político.

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