Estado, ley y religión


Recientemente, el Ministerio de Salud aprobó el postergado “protocolo de aborto terapéutico” para madres gestantes en riesgo de salud. La curia de la Iglesia Católica y la pastoral de las iglesias evangélicas han pegado grito al cielo.
 
Sumado a la posible aprobación del proyecto de ley de “unión civil” no-matrimonial entre personas del mismo sexo, las jerarquías de estas iglesias exigen que el Estado utilice todo la fuerza coercitiva para “defender” la vida, el matrimonio heterosexual y la familia ante los avances de la “demoniaca” modernidad, a costa de restringir libertades individuales.
 
Si todo fuese una cuestión religiosa, muchos sacerdotes católicos y pastores evangélicos se limitarían a pedir a las distintas feligresías que lean, estudien, reflexionen y comprendan la “palabra de Dios” escrita en la Biblia e interioricen las enseñanzas cristianas para practicarlas en la vida cotidiana. Por desgracia, la Iglesia Católica y las iglesias evangélicas están propalando un mensaje alarmista, intolerante y amenazador basado en la superstición que el imperio de la ley debe someterse a “la voluntad del Señor”. Mejor dicho, a la voluntad de quienes pregonan que encarnan “la voluntad del Señor”.
 
En la actualidad, el cardenal Juan Luis Cipriani, primado de la Iglesia Católica peruana, es el más conspicuo representante de ese sector reaccionario de la derecha conservadora, celoso guardián de la “pureza de la fe”. Incluso las iglesias evangélicas no lo ven con malos ojos. Según los sociólogos Luis Pásara y Carlos Peñaranda, autores del pequeño libro Cipriani como actor político, editado por el Instituto de Estudios Peruanos, Cipriani ha “politizado” la defensa de dogmas y preceptos de fe.
 
Esa politización evoca un rezago de la vieja mentalidad colonial española materializada en el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición: el Estado como instrumento divino para la defensa de la doctrina. Obviamente, es contraria a la secularización de la sociedad peruana, cuya cúspide fue la aprobación mayoritaria de la libertad de cultos y la eliminación del “Estado confesional” o “defensor de la religión” en la Asamblea Constituyente, en 1979. Sin embargo, esa mentalidad se alimenta de la tradicional ritualidad religiosa de quienes, por ejemplo, juran con la Biblia en mano, delante de un crucifijo e invocando a Dios Todopoderoso.
 
Pregunto si Cipriani y compañía ecuménica buscarían contaminar las políticas públicas con sus dogmas teológicos  si, por ejemplo, el Presidente de la República jurase su cargo con la mano sobre la Constitución de 1993 (aunque sea algo impresentable) en lugar de la Biblia. Mientras rija el Concordato de 1980 con el Vaticano, nunca lo sabremos.
 
Profeso la fe católico, rechazo el aborto y no apruebo uniones homosexuales dentro de “mi” iglesia, pero soy liberal y deploro que “oscurantistas” quieren usar al Estado para imponer sus creencias a los demás y restringir la libertad de quienes quieren elegir si optan o no por la maternidad o se unen civilmente con su pareja del mismo sexo.
 
Así creo que es la modernidad.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Noviembre 1992 / noviembre 2020

Artículos COVID-19 (2020)

Artículos anteriores