El congresista Sergio Tejada
renunció al Partido Nacionalista. Quizá algunos más quieran irse.
Anteriormente, varios de sus colegas dejaron las filas oficialistas.
Probablemente, sopesan sus opciones en las próximas elecciones, pero todos dicen
marcharse por defender el programa de “La Gran Transformación”.
Todos o casi todos identificados
con la izquierda radical, afirman haber sido elegidos con ese plan de gobierno
populista, estatista y colectivista que el Presidente de la República habría “traicionado”
por la “Hoja de Ruta” (que hasta hoy respeta) para “aliarse con la derecha”. No
entienden por necedad o mezquindad que ese ideario nunca ganó la elección
presidencial, porque hubo necesidad o conveniencia de cambiarlo para triunfar
en la segunda vuelta electoral. Si aproximadamente 30% del electorado dijo SI a
“La Gran Transformación”, 70% dijo NO y no se puede imponer el plan de gobierno
de una minoría.
¿Por qué la izquierda radical
insiste con una “gran transformación”?, ¿qué quisiera “transformar”?. Si lo que
pretende es imitar ese infierno terrenal en Venezuela, ni lo piense. Por
supuesto, la izquierda radical alegará que la realidad venezolana es distinta a
la peruana y que aquí la Revolución Bolivariana no funcionaría.
Entonces, ¿qué entiende por “gran
transformación”?. Antiguamente, la izquierda radical hablaba de una “transformación”
de las “estructuras socioeconómicas”. Así lo pregonó a viva voz, por ejemplo,
en 1961 el diputado Carlos Malpica Silva Santisteban (gran admirador de la
emergente dictadura comunista de Cuba) durante un candente debate en la Cámara
de Diputados sobre la injerencia cubana en el Perú. ¿En qué consistía esa
transformación?. Alguna vez el difunto
sociólogo Henry Pease (entonces joven estudiante) resumió el propósito de esa “transformación”:
acabar con los “tres enemigos” del Perú. ¿Cuáles eran esos “tres enemigos”?: la
petrolera estadounidense International
Petroleum Company (IPC), el “imperio Prado” (el Banco Popular y todos los
activos de la adinerada familia Prado) y los grandes hacendados. Si se
eliminaban a esos “explotadores”, “ladrones” y “vende-patrias” de larguísimos
años, el Perú quedaría “transformado” para bienestar de las mayorías.
Entre 1968 y 1975 la dictadura
del general Juan Velasco Alvarado consiguió destrozar a esos “tres enemigos”:
nacionalizó tanto la IPC como el Banco Popular y demás activos de los Prado,
expropió mediante reforma agraria muchísimas haciendas y, de paso, la
Revolución de las Fuerzas Armadas destrozó otros enemigos robándoles, persiguiéndoles
y hostilizándoles. ¿Esa “transformación” trajo prosperidad y riqueza para las
mayorías?. ¡Nada!. Si el Perú era pobre y atrasado, después se volvió pobrísimo
y atrasadísimo. Sin embargo, la izquierda radical aún alaba esa dictadura por “reformista
social”.
La mayoría de peruanos y peruanas
no nos comemos dos veces el cuento de la “gran transformación”, porque sabemos
en qué consistiría esa transformación: “transformar” el Perú en un país de
sufrimiento, desesperanza y penurias.

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