Contra los machismos ("ESPECIAL")


Pudiera haber hablado del escándalo de corrupción en el Consejo Nacional de la Magistratura, pero lo dejaré para después. Sin embargo, hay otro tema.

Veía por Internet una señal de televisión de venezolanos en los Estados Unidos. Allí vi una edición de El Nuevo Herald, un diario hispano impreso en Florida, cuya titular de primera plana hizo mención a la violencia contra la mujer en el Perú y la preocupación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por ese asunto. 

La nota informativa señaló en un comunicado de la Comisión su preocupación por “el ejercicio de violencia extrema y por muestras de especial ensañamiento contra los cuerpos de las mujeres”. Se mencionó el caso de Lizet Agreda, quien falleció por las quemaduras sufridas después que un antiguo compañero de trabajo le roseara con gasolina y le prendiera fuego mientras ella viajaba en un vehículo de transporte público en Lima. También el caso de Gilda Mujica, mujer venezolana, hospitalizada, a quien un varón peruano le desfigurara el rostro, la apuñalara, la violara y después pretendiera matarla, porque no correspondió a sus pretensiones amorosas. Sobrevivió al saltar desde el tercer piso de una vivienda. Además, según el mismo diario, la Comisión ha sugerido al Perú “adoptar medidas inmediatas y urgentes para prevenir, investigar, juzgar, sancionar y reparar todo asesinato y acto de violencia contra las mujeres”.

Ya estamos dando vergüenza ante el mundo como país. En América Latina, junto a Colombia, Venezuela, Panamá, Guatemala, Honduras, México y Haití, Perú se ha convertido en un país donde no hay seguridad física para las mujeres.

¿Por qué nos están ocurriendo tan reiteradamente hechos de violencia contra la mujer?. Comencemos por un elemento central en esta problemática: el machismo. Ojo, no es un machismo de raíz religiosa ni filosóficamente opositor al feminismo. Tal vez haya machistas que se amparen en la Biblia u odien a las feministas, pero son contados. Tampoco es un machismo militante, cuyos adeptos puedan estar convencidos de la superioridad masculina sobre las mujeres. No, podríamos decir que en el Perú hay un “machismo tradicional” y un “machismo reaccionario”.

El “machista tradicional” reproduce los esquemas tradicionales de subordinación de la mujer hacia el hombre, porque lo aprendió desde la niñez y éstos han existido desde siempre. Generalmente, pertenece a un nivel socioeconómico bajo, tiene escasa instrucción o es culturalmente pobre. Quizá no recurra a la violencia física, pero sí a la verbal. No obstante, el “machista reaccionario” es diferente. Puede tener dinero, grados académicos o ser culto. Posiblemente, no se considere machista y hasta diga a viva voz “no a la violencia contra la mujer”, pero cuando siente afectada su masculinidad por acción u omisión de una mujer, reacciona contra aquélla con una brutalidad espeluznante.

El “machismo tradicional” aún estaría presente en nuestra sociedad. Tal vez no se revele en público, pero sí en privado. En el Perú el ámbito público y ámbito privado siempre han estado ostensiblemente diferenciados. No es en las escuelas sino en casa donde se aprende a ser machista. También ese machismo está presente en nuestras instituciones: que en el Ministerio Público, el Poder Judicial y la Policía Nacional haya quienes puedan “justificar” o “amparar” al “machista reaccionario” genera sensación de impunidad y alimenta más hechos delictivos. 

No cambiaremos al “machista tradicional”. Ha medida que el Perú “evolucione” iría desapareciendo, pero sí podemos aplacar sus impulsos violentistas sancionando severamente en lo penal y social al “machista reaccionario”. Todo lo demás es retórica.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Noviembre 1992 / noviembre 2020

Artículos COVID-19 (2020)

Artículos anteriores