En un día claro oscuro, la abogada Dina Boluarte se convirtió, a consecuencia de una sucesión constitucional, en Su Excelencia, la Presidenta de la República. Terminaron dieciséis meses del oprobioso gobierno de Pedro Castillo.
Sin embargo, cuando inició el día nada presagiaba cómo acabaría. Castillo, el “hombre sin sombrero”, iba a afrontar en el Congreso un tercer intento de destitución por “incapacidad moral permanente”, a raíz de los numerosos escándalos políticos y las reiteradas denuncias por corrupción administrativa. La sesión de la Cámara sería a las 3:00pm y, aparentemente, la oposición “de derecha” y “centrista” no alcanzaría los 87 votos para la destitución.
De pronto, a las 11:30am, más o menos, el “hombre sin sombrero” apareció sorpresivamente en televisión con un mensaje. Al inicio, fue una perorata mala contra el Congreso. A medida que avanzaba con su discurso, las manos le temblaban. Parecía nervioso, quizá en pánico. No obstante, en el clímax del mensaje, Castillo invocó las fantasmas del pasado y copiando lo que hicieron Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos el 05 de abril de 1992. Desde el Palacio de Gobierno, anunció la instalación de un “gobierno de excepción”, el cierre del Congreso, la reorganización del Ministerio Público y Poder Judicial, la desactivación de la Junta Nacional de Justicia y el Tribunal Constitucional, el establecimiento de un toque de queda en la noche, la requisa de armas de fuego de todos los civiles en 72 horas, la convocatoria a elecciones constituyentes, la prohibición de monopolios y oligopolios con decretos leyes y la movilización de sus “fuerzas de choque”. Era un golpe de estado, sin lugar a dudas.
La aventura sediciosa duró dos horas. Uno a uno los ministros anunciaron públicamente sus renuncias. Mientras tanto, en el Congreso se adelantó la sesión de la Cámara, la Mesa Directiva presentó una nueva moción de destitución por el golpe y se procedió a votarla, sin debate previo. Pese a que hubo efectivos y vehículos de la Policía Nacional y algunas turbas de izquierda radical cerca al Palacio Legislativo, la Cámara aprobó la destitución con 101 votos a favor, 6 en contra y 10 abstenciones. Tres facciones de izquierda radical fueron determinantes.
Por otro lado, comenzaron pronto los comunicados de condena: la Junta Nacional de Justicia, la Presidenta de la Corte Suprema de Justicia, los organismos electorales, el Procurador General del Estado, el Contralor General de la República, la Fiscal de la Nación, los gremios empresariales, la Iglesia Católica, el electo Alcalde de Lima, etc. El pronunciamiento más esperado fue aquél de las Fuerzas Armadas. Los altos mandos militares dijeron en un escueto comunicado que rechazaban el golpe. Todo había acabado.
Reporteros, fotógrafos y camarógrafos captaron el momento cuando Castillo y su familia salían apresuradamente del Palacio de Gobierno. Parecían unos inquilinos morosos huyendo para no pagar la renta. Cogieron pocas pertenencias y abordaron los automóviles oficiales rumbo a la embajada mexicana en Lima. Durante el trayecto el Congreso votaba la destitución y las Fuerzas Armadas se pronunciaban, fiscalía ordenó el arresto inmediato del “hombre sin sombrero” por la flagrancia en la tentativa de golpe y fue llevado a la Prefectura de Lima. En la noche, la Policía Nacional trasladó a Castillo en helicóptero hacía el cuartel policial Barbadillo, donde está preso (irónicamente) el ex dictador Fujimori.
Gracias
a Dios no hubo violencia callejera, excepto conatos de protesta en Lima,
Arequipa, Trujillo, Ayacucho, Ica y otros lugares. No es descartable que en los
próximos días surjan intentos de convulsión social por parte de fanáticos
seguidores de Castillo contra su cartelería y la sucesión constitucional. Por
ahora más de un peruano o una peruana sentimos alivio tras el histórico 07 de
diciembre.
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