El mundo conmemora el centenario de la Revolución
Rusa. Por ende 100 años del comunismo.
No escribiré sobre los sucesos de 1917 en Rusia, pero
sí sobre la consecuencia: una dictadura totalitaria que durante más de setenta
años propagó por la Tierra una ideología seductora y una praxis política eficaz
basadas en la filosofía del socialismo, que subordinó la vida, las libertades
individuales y la propiedad privada a la creación de un paraíso científico sin
pobreza, sin maldad y sin infelicidad, cuya realidad fue un infierno real de
huesos, escombros y desolación. En síntesis, el comunismo.
Al Perú el comunismo arribó por obra del escritor José
Carlos Mariátegui. Poseedor de una mente abierta, Mariátegui fue capaz de
“repensar” marxistamente en la década de 1920 los ámbitos político, económico y
social del país sin contaminarse con dogmas y falacias emanados de Moscú, la metrópoli
de la Rusia soviética. Murió joven en 1930 y su socialismo peruano fue
reemplazado por un comunismo pro-soviético. Responsable: el periodista Eudocio
Ravines, fundador del Partido Comunista. En su sinuoso historial figuran desde
el “caso ORAK” de 1949 (la entrega de dinero soviético en maletines vía la
embajada de Checoslovaquia en Lima) hasta dos viajes a la “tierra prometida”
comunista que lo desengañaron para siempre.
En la década de 1950 el comunismo como ideología
desplazó al APRA y se enseñoreó en las universidades, el estudiantado, la intelectualidad,
la prensa escrita. “Hacer la revolución”,
“implantar la justicia social”, “transformas las estructuras”, se
volvieron ideales de las mentes jóvenes contra la miseria, la injusticia y el
atraso en el Perú. Ni siquiera el Centro de Altos Estudios Militares (CAEM),
donde se formaban académicamente los futuros oficiales de las Fuerzas Armadas,
se salvó. Fue un preludio de lo que vendría.
Primero la Revolución de 1959 en Cuba derivó en
dictadura comunista. El comunismo ya no estaba circunscrito a la Europa
Oriental y China. En el Perú hubo mucha agitación y propaganda revolucionarias.
Según documentos requisados de la (asaltada) embajada cubana en Lima, en 1961,
también dinero. La influencia cubana desembocó en las guerrillas Movimiento
Izquierda Revolucionaria (MIR) y Ejército de Liberación Nacional (ELN), derrotadas
rápido. En 1964 comenzó la división de la familia comunista por la influencia
china. Después vino la dictadura del general Juan Velasco Alvarado, tan cerca
de la órbita comunista para establecer relaciones diplomáticas con la Unión
Soviética en 1969 y reestablecerlas con Cuba en 1973, rotas doce años antes. La
Revolución de las Fuerzas Armadas sólo fue aplaudida por el viejo comunismo. El
nuevo comunismo la vio como “reformista” y hasta “reaccionaria”.
En 1980 volvió la democracia y el comunismo peruano
(moscovitas, maoístas, velasquistas, trotskistas) se dedicaba a agitación,
propaganda y “coquetear” con la lucha armada. Ya era latente en el mundo que el
comunismo había fracasado, pero en el Perú cualquiera que evolucionara hacia el
“socialismo democrático” era tildado de “revisionista”. Esa fuerza centrífuga socavó
la alianza Izquierda Unida y permitió una temprana ambigüedad frente al
terrorismo de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru
(MRTA), quienes no eran ni nunca fueron sus “hermanos equivocados”.
La caída de la Unión Soviética y la Europa comunista
debieron implicar la desaparición del comunismo, pero hoy lo vemos en Cuba,
Venezuela o Corea del Norte. En el Perú está hoy en sindicatos, universidades,
“frentes de defensa”, ONG. Los rostros cambian, las consignas también. Sin
embargo, métodos, objetivos y resultados son los mismos que el mundo ha visto.
Todos están advertidos.

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