Todos conocemos el estilo político del magnate Donald Trump, por segunda vez presidente de los Estados Unidos.
El “estilo Trump” ha sido imitado por varios gobernantes y políticos alrededor del mundo. En Perú, el alcalde de Lima, Rafael López Aliaga, es un (mal) imitador de Trump: no tiene su capacidad comunicativa, su manejo de escena ni su histrionismo, pero es una máquina de mentiras e insultos. ¿Por qué esta conducta agresiva -y hasta violenta- de quien aspira a una candidatura presidencial -y senatorial- y es la “última esperanza” de los sectores “de derecha” peruanos?.
Volvamos a Trump. A inicios de la década de 1980, cuando Trump era un joven empresario inmobiliario en los Estados Unidos, conoció a un viejo abogado de Nueva York llamado Roy Cohn. Homosexual y polémico (odiaba el sindicalismo, además que era racista, misógino y enemigo de las normas, la moral y la verdad), Cohn fue conocido tres décadas antes por el caso penal Julius y Ether Rosemberg, un matrimonio que fue condenado a la pena de muerte en 1953 acusado de entregar secretos del programa nuclear estadounidense a los soviéticos. Cohn impresionó a Trump con sus “tres reglas” para el éxito: acusar, no arrepentirse de haber acusado y siempre proclamarse ganador, aunque fuese derrotado. Si es necesario mentir, se miente.
Cohn, a su vez, aprendió estas tácticas sucias de uno de los personajes más nefastos en la historia de los Estados Unidos: Joseph McCarthy. A inicios de la década de 1950, con un escaño en el Senado, McCarthy lideró una terrorífica campaña desde Washington DC para descubrir comunistas o supuestos simpatizantes del comunismo en los diferentes estamentos de la política y la sociedad. Cohn, entonces joven abogado y egresado de la Universidad de Columbia en 1946, se convirtió en asistente personal de McCarthy. Al principio, McCarthy fue muy popular, pero con el transcurrir del tiempo su demagogia y su brutalidad excesiva precipitaron su caída. Murió en 1957. Cohn, un tipo más frío y calculador que McCarthy, tomó nota de las lecciones.
A Trump parece haberle funcionado las “tres reglas” de Cohn, hasta ahora. López Aliaga no es Trump. Insultar (encima con insultos poco originales) a tutilimundi no le ayuda. Tampoco mentir como un megalómano, porque sus mentiras son evidentes. Entonces se defiende insultando y no arrepentirse de haber insultado o difamado lo exhibe como soberbio: incompatible con alguien que se autodenomina “cristiano” y, además, se pretende mostrar adorable como el personaje animado Porky. Por supuesto, carece de la habilidad política para convertir una derrota en victoria, por lo que sólo le queda seguir mintiendo e insultando. Si Cohn, quien falleció en 1986, viviera para ver a López Aliaga, se volvería a morir.
Quien
escribe no simpatiza en lo absoluto con el comunicador social Phillip Butters, aspirante
a una candidatura presidencial ideológicamente similar para competir contra
López Aliaga en las elecciones generales del siguiente año. No obstante,
Butters, al menos, es auténtico. López Aliaga es una copia.
Una mala copia.
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