La peste del siglo XXI


Viendo últimas noticias sobre más mensajes de chat entre congresistas fujimoristas y más audios sobre un intento fujimorista de influir en el sistema de administración de justicia, he llegado a una triste y vergonzosa conclusión.

El fujimorismo es la peste del siglo XXI en el Perú. No son los fujimoristas como personas y ciudadanos. Es el fujimorismo como movimiento político organizado, que parece un cáncer haciendo metástasis en el Estado y la nación. Comunicaciones donde no se habla de iniciativas legislativas, políticas públicas, debate de ideas o quehacer partidario sino de “insultar”, “atacar”, “difamar”, “manipular” y “corromper”. Dudo mucho que la gran mayoría de votantes fujimoristas en las elecciones generales de 2016 le votara para eso.

La historia pudo ser distinta para el fujimorismo y no hubiese sido ponerse “modo caviar”, como dirían personajes mediáticos -o menos mediáticos- “muy de derecha” como Phillip Butters, Luis García Miró, Martha Meyer Miró Quesada o Diana Seminario.

El fujimorismo pudo haber abrazado la democracia restaurada en 2001 alegando que la dictadura de Alberto Fujimori fue “deseable” y “necesaria” para “reconstruir” el país tras el desastre económico y la violencia terrorista en la década de 1980, pero después se volvió “indeseable” e “innecesaria” por las violaciones a los derechos humanos y los grandes actos de corrupción. El Perú debía aprender de la Historia reciente para no cometer los errores de ayer y avanzar con instituciones, imperio de la ley, pluralismo político y libertad de expresión. Pues no. Prefirió reivindicar la dictadura y pretender “cargarse” la Transición. Prefirió acusar de “corrupto” a quienes le adversaran, mientras “corrompía” y “se corrompía”. Prefirió reclutar inadaptados pagados por el Congreso con nuestros impuestos para verter veneno y mierda en las redes sociales Facebook y Twitter contra periodistas y quienes le critiquen.

Asimismo, el fujimorismo pudo haber abrazado el modelo económico heredado de la década de 1990 reclutando para sus filas a “mentes lucidas”, partidarias de la economía de mercado e impulsaras de reformas. Pues no. Convocó a sus filas a lobistas de empresarios mercantilistas y “bestias” en materia económica.

Por último, el fujimorismo pudo haber sido defensor de la peruanidad, las tradiciones y las buenas costumbres. Por ejemplo, capaz de aceptar la “unión civil” entre parejas del mismo sexo, pero rechazar el estatus de “matrimonio igualitario”. Pues tampoco. Prefirió volverse nido de fundamentalistas religiosos, quienes lo convirtieron en una “secta” clerical y adoctrinadora (la gran mayoría de peruanos o peruanas es culturalmente católica, pero no le gusta que el cristianismo se meta demasiado en su vida privada), que es machista, homofóbica y discriminadora en nombre de “la vida y la familia”.

Fui anti-fujimorista en la época de la dictadura, pero hoy no. Sin embargo, creo que el fujimorismo debe desaparecer, porque ya representa lo peor de nuestro pasado en el presente y ojalá sea reemplazado por algo nuevo y mejor en el futuro.


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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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