Son 25 años del golpe de estado del 05 de abril de
1992. Conviene conocerlo bien, recordarlo, para no olvidarlo.
Esa noche Alberto Fujimori, quien en 1990 había
llegado a la Presidencia de la República en elecciones libres, anunció por TV y
radio que había decidido tomar “medidas excepcionales” para luchar contra el
terrorismo, sanear la economía, combatir la corrupción y “modernizar” el país:
el cierre del Congreso integrado por senadores y diputados, la derogación de la
Constitución de 1979 (que juró cumplir y hacer cumplir y daba legitimidad a su
mandato), la intervención del Ministerio Público y el Poder Judicial, la
reorganización de la Contraloría General de la República, la desactivación del
Consejo Nacional de la Magistratura y el Tribunal de Garantías
Constitucionales, la remoción del Jurado Nacional de Elección y la disolución
de las asambleas regionales.
Para hacer posible esta centralización del poder,
Fujimori y su asesor de inteligencia, Vladimiro Montesinos, usaron las Fuerzas
Armadas y la Policía Nacional. Tropas portando armamento, tanques de guerra y
vehículos blindados se desplegaron por Lima y ocuparon sitios estratégicos: el
Palacio Legislativo, el Palacio de Justicia, locales de partidos políticos y
sindicatos; sedes de televisoras, radioemisoras, diarios y revistas. A la
mañana siguiente el despliegue de fuerza militar y policial era impresionante.
Se impuso censura informativa y se reprimieron manifestaciones contrarias. Hubo
detenciones y allanamientos sin orden judicial, arrestos domiciliarios y
decomisos.
La gran mayoría de la población apoyó el golpe y creyó
en las promesas de Fujimori sobre un “nuevo Perú”. El gran empresariado
aplaudió el golpe, porque pensó le convenía. Hoy el mensaje televisado de esa
noche puede ser visto en la red social YouTube. La comunidad internacional
fue incrédula. Presión diplomática de los Estados Unidos, España, Costa Rica y
Venezuela hicieron variar el plan inicial. Entonces Fujimori (no se sabe si por
iniciativa del economista Hernando de Soto), ante representantes de la
Organización de Estados Americanos (OEA) en Bahamas, anunció la convocatoria a un
Congreso Constituyente Democrático (CCD) para la redacción de una nueva
Constitución. Fue una salida política, no institucional. El CCD no revertiría
el golpe ni restablecería la democracia, sólo “rediseñaría” la
institucionalidad para adaptarla al nuevo poder centralizado. Denuncias de
fraude en las elecciones para el CCD y el Referéndum de 1993 lo evidenciarían.
Ese poder centralizado existiría hasta el año 2000.
El golpe de estado del 05 de abril de 1992 nunca debió
ocurrir, pero ocurrió. ¿Por qué?. La violencia terrorista más un desastre
económico, sumado a la descomposición institucional causada por el clientelismo político y la corrupción del APRA, el Partido Popular Cristiano, Acción Popular
y la Izquierda Unida minaron terriblemente la adhesión ciudadana hacia la
democracia inaugurada en 1980. El pueblo empezó a añorar la “mano dura”, el “hombre
fuerte”, el “caudillo popular”, que pisotea la ley, impone su voluntad y cree
poder hacer todo.
Los golpes de estado nunca son necesarios, pero
ciertas circunstancias propicias pueden permitirlos. Tampoco resuelven males
nacionales, pero son hechos políticos con inevitables consecuencias. El 05 de
abril de 1992 en el Perú no debió suceder, pero sucedió. Sepamos y entendamos
cómo, por qué y para qué ocurrió. Así entenderemos mejor el presente.


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