Manuel Pardo, el olvidado ("LO ULTIMO")

 

Manuel Pardo es un personaje a quien la historiografía peruana no ha tratado bien.

Pardo fue Secretario de Hacienda, Alcalde de Lima, senador y presidió el Senado, además de Presidente de la República. Como alguna vez señaló el politólogo Álvaro Rojas Puémape, no hay muchas calles, grandes avenidas, parques públicos o monumentos en honor de este hombre. Los sectores “de izquierda” no tienen buen concepto de él y los sectores “de derecha” lo desprecian. Tampoco en la memoria histórica está presente el recuerdo de Pardo, un hombre que quiso cambiar Perú, pero no pudo.

Pardo fundó el Partido Civil, la primera organización política peruana, conformada entonces por comerciantes, manufactureros y profesionales, la incipiente burguesía surgida por el auge guanero a mediados del siglo XIX. Habiendo alcanzado el poder después de la rebelión de los hermanos Gutiérrez en 1872, Pardo pretendió “modernizar el país”, como lo expresó en su discurso inaugural cuando recibió la banda presidencial y las insignias oficiales por parte de José Simeón Tejeda, presidente de la Cámara de Diputados. Fracasó. La bonanza guanera había pasado y las divisas dejaron de fluir. El déficit fiscal y la deuda externa estaban disparados. Torpes medidas económicas como el estanco salitrero en 1873, el aumento de aranceles de importación, el retorno al régimen de consignatarios guaneros tras la anulación del Contrato Dreyfus de 1869, la paralización de obras públicas y el default de la deuda externa acrecentaron la inflación y el desempleo.

Pardo tuvo logros significativos durante su cuatrienio: aprobó el Reglamento General de Instrucción Pública de 1876, la primera normativa para regular la educación. Fundó la Escuela de Ingenieros Civiles y de Minas, hoy Universidad Nacional de Ingeniería. Aprobó el primer censo población en 1876. Estableció los registros civiles municipales, aunque tardarían varios años más la implementación. Etc., etc. No obstante, su figura histórica quedó “manchada”, además de la crisis económica estructural, por la funesta Alianza Defensiva de Perú con Bolivia en 1873, a la cual intentó -sin éxito- incorporar a Argentina, pese a sus buenos oficios con el presidente Domingo Faustino Sarmiento, quien no consiguió que el Senado argentino le apruebe el tratado.

En esa época, Pardo no sólo acabó impopular sino odiado por sus enemigos, dentro y fuera del Congreso. El “incidente de Ocatara” en 1874, el “crimen de Chinchao” en 1873 y la Expedición del Talismán en 1874 dañaron su imagen. Cuando en 1874 el capitán Juan Boza quiso matar a Pardo cerca del Portal de Escribanos (hoy es el Centro de Lima), el Supremo Gobierno reaccionó encarcelando al editor y el caricaturista de la revista La Mascarada, a quienes acusó de haber incitado el magnicidio con una burda caricatura política.

Finalmente, Pardo entregó el poder a su sucesor. Fue el primer traspaso ordenado y pacífico bajo la Constitución de 1860. Después que haber sido involucrado, sin pruebas, en el motín de la guarnición del Callao, la “rebelión de los cabitos”, en 1876, Pardo se exilió en Chile, donde vio de cerca los afanes expansionistas chilenos. En 1878 volvió a Perú para asumir su senaduría. Dos meses más tarde sería asesinado por el sargento Melchor Montoya.

Pardo, sin duda, fue uno de los pocos políticos peruanos que pensó Perú a largo plazo. También es la demostración que no basta tener “buenas intenciones” o un “bagaje intelectual” para emprender cambios en un país tan habitualmente receloso de los cambios, sin fallar en el intento. La lección para los candidatos presidenciales tan cerca de las elecciones generales.

 

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