Martín Vizcarra, decisión final


El Gobierno nacional presentó al Congreso el proyecto de reforma constitucional anunciado por el Presidente de la República el 28 de julio pasado para adelantar las elecciones generales un año.

El posible adelanto despierta simpatías ciudadanas. Varios medios de comunicación repiten que es un “paso al costado” y un “ejercicio democrático”, porque se ratificaría en referéndum. Oficialistas y oficiosos también aplauden la iniciativa. Oportunistas sonríen. “Rojos” y “rojimios” están felices. Su Excelencia “se va”, pero no renuncia y seguiría en el cargo.

Esa iniciativa del Presidente de la República no beneficia al Estado, porque las grandes decisiones de la administración pública se paralizarían. Tampoco beneficia a la economía, porque empresarios e inversionistas están preocupados. La incertidumbre ahuyenta inversiones, que crean riqueza, generan empleo y producen bienestar. Menos beneficia a la democracia, porque -otra vez- iríamos a elecciones con las mismas reglas para partidos y movimientos políticos. No hay garantía que un nuevo resultado de las ánforas sea mejor. Menos a la ciudadanía, porque le hace creer que el “clamor del pueblo” puede “pisotear” el imperio de la ley.

A Su Excelencia no lo votó nadie (directamente), pero la sucesión constitucional de 2018 le dio legitimidad para ejercer el poder hasta 2021. Hay algunos logros sectoriales (reducción del déficit fiscal, Política Nacional de Competitividad, combate a la minería ilegal en Madre de Dios, etc.), pero por incompetente y narcisista el Presidente de la República “se cargó” contratos petroleros en Piura, “se cargó” la regulación tarifaria de agua potable en Moquegua, “se cargó” el Permiso Temporal de Permanencia (PTP) para venezolanos, “se cargó un Ministro de Economía y Finanzas (David Tuesta), “se cargó” la bancada oficialista, “se cargó” la bicameralidad (¿quién dijo sí y después no?), “se cargó” el Consejo Nacional de la Magistratura (¡ya nadie habla de la inoperativa Junta Nacional de Justicia!), “se cargó” el Oleoducto Norperuano (no impidiendo el sabotaje de nativos), se quiere “cargar” las medicinas genéricas con una ley manipuladora de la oferta y la demanda y la legislación de minería (junto al proyecto Tía María en Arequipa) y ahora desata una crisis política para “cargarse” el cronograma electoral. 

Dudo mucho que el Congreso le apruebe a Su Excelencia la reforma constitucional. Que lo acepte y no presione. No creo que este “aventurero” renuncie. Sólo si presionara, el Congreso debe destituirlo. Ojalá no haya otra sucesión constitucional: con la segunda vicepresidenta Mercedes Aráoz para completar el mandato, porque ella carece de respaldo político. En su defecto, asumiría el presidente del Congreso, Pedro Olaechea. Así habría elecciones anticipadas bajo la línea sucesoria constitucional, aunque él tendría mucha resistencia política y social. Su cercanía con el APRA y el fujimorismo no ayuda.

Que el Presidente de la República acepte si el Congreso le rechaza su proyecto de reforma constitucional. La decisión final sería de él.


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