50 años de la reforma agraria ("ESPECIAL")


El 24 de junio de 1969 ocurrió un hecho que cambió al Perú: la reforma agraria.

Hasta 1969 en el campo existía el sistema de haciendas, heredado de la colonia española. En la costa existían las haciendas agroexportadoras, muy tecnificadas, pero en donde todavía había relaciones “pre-capitalistas” entre patrón, obreros y campesinos. Por lo general, pertenecían a familias acaudaladas. En la sierra también existían haciendas, pero cuya productividad había descendido desde la década de 1920. En la sierra las relaciones entre gamonales (hacendados) con peones y campesinos (indígenas) eran “cuasi-feudales”, donde había pobreza y explotación.

Los hacendados eran el núcleo de la “oligarquía”, cuyo poder político y económico declinaba desde la década de 1950. Acabar con las haciendas era parte del mensaje programático, primero del APRA y el Partido Comunista. Después, de “rojos” y “rojimios”. En 1957 se creó una comisión de estudio de la reforma agraria, pero para aumentar el área cultivable y la productividad. Por desgracia, el discurso político exigía el reparto de tierras. Tierras para quienes las trabajan, pensando en los campesinos. Ingenieros agrónomos, técnicos agrícolas o gerentes no interesaban.

En 1964 el Congreso aprobó la primera ley de reforma agraria. Todos los predios rurales eran expropiables. Las tierras ociosas o incultas eran afectables. Una enmienda constitucional permitió que las expropiaciones para la reforma agraria no fueran previo pago del justiprecio sino a plazos o armadas o cancelada con bonos de aceptación obligatoria. Las haciendas expropiadas podían convertirse en “cooperativas agrarias” y el propietario podía pelear en la justicia civil la cuantía de la afectación y el monto de la indemnización. Los predios para agro-exportación eran afectables sólo “hasta un límite indispensable” para proteger la actividad económica. Está garantía de seguridad jurídica fue la “excepción azucarera”, que disgustó a “rojos” y “rojimios”.

Para 1969 la dictadura del general Juan Velasco Alvarado promulgó el decreto-ley de reforma agraria. La madrugada del 24 de junio tropas del Ejército tomaron las grandes haciendas costeñas. Velasco eliminó la “excepción azucarera”, pero no sólo expropió tierras sino también las empresas (con los libros contables), las casas-haciendas, la maquinaría, las cuentas bancarias y hasta dinero en efectivo. Velasco también redujo los límites de tierra expropiable en costa y sierra (se expropiarían más de nueve mil haciendas), prohibió la negociación o transferencia de los bonos (aún no se terminan de pagar), instauró la “justicia agraria” (vigente hasta 1991) e impuso la colectivización. En la costa se fundaron las “cooperativas agrarias” y en la sierra, las “sociedades agrarias”. La Dirección de Reforma Agraria las intervenía y autorizaba la parcelación de tierras, pero todo con criterio político.

Demagogia, falta de inversión, insolvencia y corrupción de los primeros años se sintieron a mediados de la década de 1970 cuando la producción agraria cayó en picada, mientras las importaciones de alimentos crecían. Al final, fue un holocausto, que causó caos, zozobra y miseria. Los efectos económicos todavía repercuten hasta el presente.

Las antiguas relaciones patronales desaparecieron. El viejo poder oligárquico fue destruido. En la costa, la “desestructuración” del mundo rural acrecentó la migración poblacional a Lima y otras ciudades, pero en la sierra la desaparición de los gamonales y la posterior inacción estatal permitieron el surgimiento del terrorismo de Sendero Luminoso.

La reforma agraria debe ser vista por las promesas formuladas y los resultados producidos.


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