Algunas anotaciones a un mes de las esperadas elecciones generales.
Periodistas y comentaristas políticos debieran dejar de repetir la monserga que “cualquiera puede ganar los comicios presidenciales”. ¡Falso! Todas las encuestas de intención de voto evidencian que hay un grupo numeroso de candidatos presidenciales que no son electoralmente competitivos. Por ejemplo, el ex alcalde de San Juan de Lurigancho, Alex Gonzáles, el conocido “Helicóptero”. El hombre está gastando muchísimo dinero en la campaña electoral y no tiene ni uno por ciento de intención de voto. Quizá por eso sus candidatos al Senado y la Cámara de Diputados dejaron de hacer campaña.
Sin embargo, hay candidatos parlamentarios que, aunque su abanderado presidencial no tenga chance alguno de victoria electoral, hacen campaña como si ellos fuesen a ser elegidos. Por ejemplo, el congresista José Williams, candidato presidencial y senatorial, ha resultado un “fiasco” en campaña, pero su colega Adriana Tudela, candidata a una diputación, está convencida, convencidísima que, con su trillado discurso anti-izquierdista, será reelegida. El 12 de abril se estrellará contra la realidad y el golpe le dolerá.
Por supuesto, no lamento y celebro que haya listas parlamentarias que no tengan opciones de triunfo electoral. Recuerde que los requisitos de ingreso al nuevo Congreso son más exigentes que antes: superar la valla del 5% de voto válido nacional y obtener tres senadores y siete diputados. Celebro que el congresista José Luna Gálvez, candidato presidencial y senatorial, no tenga -hasta ahora- la posibilidad de colocar senadores o diputados. Con alguna que otra excepción, sus listas parlamentarias están conformadas por auténticos trúhanes. Como Luna Gálvez, capaces de gritar “poder para el pueblo”, mientras cometen las más repugnantes fechorías en beneficio propio.
Tanto las empresas encuestadoras como los medios de comunicación debieran dejar de engañar a la ciudadanía con sus “intenciones de voto senatorial” o “la importancia del Senado”. ¡Mentira!. Ambas cámaras legislativas serán importantes, porque la “ilegítima” reforma constitucional de 2024 cambió el procedimiento legislativo: sólo la Cámara de Diputados tiene iniciativa legislativa, mientras el Senado es una “gran coladera” de esas iniciativas. No interesa que el Senado nombre magistrados del Tribunal Constitucional, el Defensor del Pueblo o los directores del Banco Central de Reserva. Tampoco estarán los senadores nombrando autoridades todo el tiempo. No. El meollo del asunto es que los diputados puedan aprobar proyectos de ley que después los senadores enviarían al archivo, sin posibilidad de corrección. El meollo del asunto es el futuro conflicto entre ambas cámaras, por el cual ninguna ley sea aprobada por el futuro Congreso, se trabe el sistema político y terminemos en una crisis institucional como en 1947.
Por último, periodistas y comentaristas políticos, deben de repetir que “no importa quién sea elegido, porque el Congreso lo destituirá”. No. Ya eso no ocurrirá. No es igual ejercer el poder legislativo con una sola cámara y ciento treinta integrantes que con dos cámaras y ciento noventa. Aunque haya senadores o diputados deseosos de “cargase” a quien el 28 de julio jure la Presidencia de la República, la dinámica parlamentaria no será la misma que ha imperado desde 2016 y será difícil que ambas cámaras con mayoría calificada voten una destitución presidencial.
Nota aparte: deseo creer que el Presidente de la República dijo
que hablaba sobre los filósofos alemanes Immanuel Kant y Friedrich Hegel, no
con Kant y Hegel. De lo contrario, nos gobierna un “anciano senil”.
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