En julio pasado se cumplieron cien años de la muerte
de Manuel González Prada, personaje polémico en la historia del Perú.
González Prada nació en 1844 dentro de una
“aristocrática” familia limeña. A raíz que su padre fue desterrado tras la Revolución
de 1854, nuestro futuro adalid del anti-chilenismo vivió en Chile hasta 1857. No
completó su formación académica. Su padre lo inscribió en el Seminario de Santo
Toribio de Mogrovejo, pero desertó. Se inscribió en el Convictorio de San
Carlos (hoy parte de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos), pero lo
dejó.
González Prada era un “vanidoso intelectual”. Un solo
viaje a Cerro de Pasco en 1868 le bastó para conocer “a profundidad” el Perú y
descubrir la condición “infrahumana” del indígena. En 1871 renunció a su
abolengo, pero no a su patrimonio familiar, que le permitía dedicarse a la
poesía y la literatura sin preocuparse por el pan de cada día.
El estallido de la guerra contra Chile en 1879 no
alteró el mundo de González Prada. Siguió encerrado en su hacienda de Mala
dedicado a sus tierras. Sólo cuando el ejército chileno se acercaba a Lima en
1881, se alistó para participar en las batallas de San Juan y Miraflores como
jefe oficial reservista. En 1915 publicaría sus memorias como reservista,
documento testimonial plagado de acusaciones, inexactitudes y falsedades.
Durante los años de la ocupación militar chilena de
Lima, González Prada se encerró en su vivienda. Más adelante diría que fue un
“gesto de protesta”, pero realmente fue otro acto de rebeldía propio de sus
arrebatos temperamentales. Tras el final de la guerra en 1883, retomó su
afición de escribir. En 1887 se casó con la francesa Adrianne Verneuil, con
quien tendría a su hijo Alfredo después de la muerte prematura de dos
anteriores.
Desde 1888 González Prada se hizo famoso con su
proclama “¡Los viejos a la tumba, los
jóvenes al poder!” (curioso en un cuarentón), pero él jamás pronunciaría
discursos, porque tenía una voz nada apta para la oratoria. Ya criticaba las
leyes, las autoridades, las instituciones, la sociedad, etc. Como divulgador
del positivismo del filósofo August Comte.
En 1891 González Prada viajó a Europa con su esposa.
Recorrió Francia, Suiza, Bélgica y España, donde se entusiasmó con los
anarquistas españoles (verdaderos terroristas) y cuando volvió al Perú en 1898
comenzó a divulgar ideas anarquistas. Su anarquismo, sin embargo, estaba más
próximo al anarco-individualismo opuesto a la cultura y las artes que al
comunismo libertario por la revolución social.
Enemigo recalcitrante del presidente Nicolás de
Piérola, el Partido Civil y la oligarquía, rehusó enfrentarlos políticamente en
las (fraudulentas) elecciones de 1899 cuando se lo pidieron sus seguidores. En
1905 se reunió con obreros panaderos para conmemorar el “Primero de Mayo” y
condenar el capitalismo, sin renunciar a su fortuna personal. Renegó de su aversión
al Estado aceptando en 1912 dirigir la Biblioteca Nacional y, por primera vez
en su vida, trabajó.
González Prada se quedó en la Biblioteca Nacional
(interrumpido por el golpe de estado de 1914) el tiempo suficiente para erigir
su imagen a la posteridad. Tras morir de un infarto es recordado como “pensador
insobornable”, aunque quedara atrapado en la crítica dicotómica, la diatriba
exagerada y el mensaje radicaloide.
En lo personal, un “farsante intelectual”.

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