El alcalde de Lima, Luis
Castañeda, ordenó borrar murales vanguardistas pintados en paredes del Centro
Histórico y le llovieron críticas.
Los murales fueron autorizados
por la administración de Susana Villarán en 2012. Decenas de imágenes
discutiblemente estéticas desaparecieron con imprimante y pintura amarilla.
Castañeda y el regidor metropolitano Piero Stucchi se ampararon en una
ordenanza municipal de 1994 que obliga a mantener Lima tan “virreinal” como sea
posible, mientras artísticas e intelectuales “villaranistas” acusaban de
“anti-cultural” a la nueva administración.
Personalmente, la mayoría de los
murales eran feos y nunca entendí la temática: por ejemplo, ¿por qué pintar una
imagen del rebelde indígena boliviano Julián Apaza, más conocido como Túpac
Katari, contemporáneo y rival de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, a
fines del siglo XVIII?, ¿acaso no hay íconos nacionales “limeños” como el
escritor Ricardo Palma, el músico Felipe Pinglo Alva, la cantante criolla “Lucha”
Reyes o la dirigente social María Elena Moyano?. Quizá por eso muchos vecinos
del Centro Histórico aplaudieron la decisión de Castañeda y, tal vez, por eso
los murales de la cantante criolla María Isabel Granda, conocido como “Chabuca
Granda”, sí han sido mantenidos, aunque vaya en contra de la referida ordenanza
que Castañeda y Stucchi decían cumplir.
¿Hubo motivación política para
borrar los murales?. Probablemente, por la inusitada eficacia y rapidez con las
cuales actuó la nueva administración metropolitana. ¿Odio a la cultura?. No lo
creo. El famoso pintor Fernando de Szyszlo ha defendido la decisión de eliminar
esos murales, porque los consideraba inadecuados para el Centro Histórico, pero
sí cree que Lima puede contar con bellos murales en otros lugares. Además,
Castañeda nunca ha sido un político de “gusto artístico”, que se detenga a
contemplar el arte en todas las manifestaciones.
Sin embargo, aquí hay puntos sin
mencionar: primero, nunca hubo un concurso público para premiar a un pintor
profesional o amateur con la oportunidad de plasmar una obra de arte en un muro
del Centro Histórico. Villarán y compañía (habló de la hija que Doña Susana
tuvo con el ex diputado Manuel Piqueras, Soledad, quien hacía y deshacía en Cultura)
decidieron quién pintaría y quién no. Por supuesto, una vez elegido al artista
afortunado, la Municipalidad Metropolitana de Lima le pagaría. Recibiría dinero
del erario público, no para embellecer la ciudad sino para que pinte lo que
quiera. Así Villarán reprodujo el peor vicio existente en el mundo cultural: el
artista subsidiado. Un artista que crea cualquier cosa y luego pasa al Banco de
la Nación a cobrar su cheque.
Irónicamente, esos artistas e
intelectuales “villaranistas” a quienes no les molesta recibir dinero del
erario público se indignen que un evento cultural de la municipalidad pueda
tener fin comercial. No obstante, a la mayoría de limeños y limeñas le importa
más la “nueva reforma” del transporte o “contrarreforma” de Castañeda que la
eliminación de unos murales que pocos extrañarán.

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