Lejana reconciliación

“Reconciliación”, la palabra del momento en el Perú. El Presidente de la República la usó como un propósito para otorgar el (polémico) indulto humanitario al ex dictador Alberto Fujimori.

Además, Su Excelencia juramentó hace dos días un gabinete ministerial “de la reconciliación”. Incluso el Gobierno nacional ha denominado oficialmente al año 2018 como año “del Diálogo y la Reconciliación”. Obvio, son membretes políticos creados por un político que no suele hacer política, pero detengámonos en el concepto.

¿Qué es la “reconciliación”?. Al margen de la acepción religiosa (examen de conciencia, arrepentimiento, contrición, confesión y penitencia para los católicos), no existe una definición unívoca para “reconciliación”. Bajo un enfoque sociopolítico, es un proceso complejo, continuo, multidimensional, multifactorial y largo de reconstrucción del tejido social y las instituciones constituidas bajo un orden político estable.

En el Perú siempre se ha entendido políticamente la reconciliación como “olvido" y “no-sanción”. Por eso las amnistías políticas han sido recurrentes en nuestra historia. Quienes nunca concordaron con esta noción minimalista se les acusaba de querer una reconciliación maximalista basada en perdón, simpatía, solidaridad y afecto para todos, incluso para quienes hicieron daño. No en vano el ensayista Eugenio Garro decía que en este país todos se consideraban víctimas, pero nadie victimario.

La transición a la democracia 2000-2001 pretendió cambiar esas viejas concepciones: la reconciliación no se basaría en el perdón, porque éste es un proceso psicológico y moral de carácter individual. Si alguien no quiere perdonar, es su libertad. Se basaría en conocer la verdad sobre lo vivido en las décadas de 1980 y 1990 para aprender de lo ocurrido y la sanción penal a quienes hubieran cometido graves delitos. Así sería posible el acercamiento entre los distintos sectores afectados. Esta noción necesariamente sería resistida por quienes no quieren que se conozca la verdad ni se sancione penalmente a quienes delinquieron gravemente.

Al contrario de lo que cree el Presidente de la República, la reconciliación jamás pasó por sacar de su cárcel (dorada) a quien tenía condenas firmes por corrupción, violación de derechos humanos y crímenes de lesa humanidad o mantenerlo allí. Cuando en 2009 la justicia sentenció al ex dictador a 25 años de prisión por la “autoría mediata” del destacamento militar Colina en las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta el ex procurador ad hoc Ronald Gamarra dijo -más o menos- estas palabras ante los reporteros: no importa que Fujimori no llegué a cumplir su pena, porque solo haberlo juzgado y encontrado culpable es un precedente.

Al contrario de lo que cree o le han hecho creer a Su Excelencia, la reconciliación no sucederá porque él la desee o la proclame. Si no se llegase a sancionar a más responsables penales, al menos que conozcamos toda la verdad sobre nuestro pasado reciente. Quizá si en el futuro desaparecen las rencillas y aminoran las pasiones políticas, podamos reconciliarnos.

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