26 de abril. Si no
hubiese otra prórroga, ese día acabaría el Estado de Emergencia, el toque de
queda y el “aislamiento obligatorio” en nuestras viviendas decretados en todo
el país por el Gobierno nacional de ese “aventurero” llegado a la Presidencia
de la República mediante la sucesión constitucional de 2018 contra el avance de
la pandemia viral COVID-19 en el Perú.
Hay
expectativa por el final. Especialmente, por el restablecimiento de la libertad
de tránsito. Sin embargo, el Colegio Médico y especialistas recomiendan la
prórroga hasta el 10 de mayo. Posiblemente, así ocurrirá. Sería conveniente,
dicen, porque el virus está en expansión: si creemos las cifras oficiales,
pronto llegaremos a los veinte mil contagiados, dos mil quinientos
hospitalizados y seiscientos fallecidos. Lo hacen de buena fe, pero esas
medidas draconianas tienen consecuencias brutales en la economía: desempleo
masivo creciente, quiebra inminente de empresas, ahorros que se esfuman, empobrecimiento
acelerado de las clases medias, lucha por la comida diaria de pobres y pobres
extremos, etc.
Creo
todos debemos preguntarnos si hasta hoy el llamado “aislamiento obligatorio” (odio
decirle “cuarentena”) sirve o no contra la pandemia. Cuando el 16 de marzo el
Gobierno decretó el Estado de Emergencia, desplegó al Ejército y la Policía
Nacional y días después impuso el toque de queda y el “aislamiento
obligatorio”, no había en el país más de cien contagiados, menos de una
veintena de hospitalizados y ningún fallecido. Quienes defendieron esas medidas,
alegan que el Gobierno debía aislar a la población para “espaciar” el tiempo de
los contagios y lograr prepararse con la mayor cantidad de pruebas de
despistaje del virus y el equipamiento de hospitales y la protección sanitaria
de médicos y enfermeras.
Sin
embargo, el “aventurero” y su Gobierno dedicaron más de 40 días a perseguir y
detener infractores, improvisar (con el toque de queda “por sexos”, por
ejemplo), batir récord de mentiras tras mentiras, afinar la maquinaria
propagandística (con ayuda de casi todos los medios de comunicación) para, vilmente,
culpar a la población por la expansión de la pandemia y concentrar mayor poder aun.
Por las redes sociales Facebook y Twitter se difunden imágenes del
resultado: hospitales colapsados, cadáveres apilados, menciones sobre fosas
para entierros en Lima y Chiclayo, protestas continúas de médicos o enfermeras,
cada vez más policías contagiados y hasta fallecidos, militares replegados (el
Ministro de Defensa no habla de cuántos uniformados están contagiados), motines
en cárceles por reos contagiados, personas comiendo desperdicios de los
camiones recolectores de basura en Iquitos (el bono 380 y las canastas
municipales fracasaron), balaceras en el Callao y Chincha, intentos de saqueos a
camiones de transporte de alimentos, éxodo a pie por las carreteras de quienes
se han quedado sin dinero.
A
su vez, el Gobierno no corrige y sigue con sus errores “criminales”. El
“aventurero” ya desprecia a vivos y muertos por televisión. ¿Por ellos nos
seguimos sacrificando para que tengan “mayor tiempo” de enfrentar el virus?. Sacrificio
inútil: al “aventurero” y su cogollo parásito no le interesan la pandemia sino sólo
continuar en el poder.
Aunque
el Perú ya tiene la segunda tasa de contagios más alta de América Latina y está
entre las dieciocho más altas del mundo (consulten los diarios estadounidenses The
New York Times y The Washington Post),
son inaceptables el Estado de Emergencia, el toque de queda y el “aislamiento
obligatorio” o cualquier otra medida liberticida o invasiva del “aventurero” hasta
que este Gobierno valore nuestro sacrificio con la verdad sobre las cifras, una
estrategia eficaz contra la pandemia que no implique nuevas prórrogas a la excepcionalidad
de otros quince días (¿hasta cuándo?) y un calendario de “normalización” gradual
de la vida económica y social, que de certeza hacia dónde vamos como país.
Mientras
tanto, prefiero decir: ¿para qué más el Estado de Emergencia?.
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