Desde un punto de vista marxista ortodoxo, la democracia restaurada en 2001 y el modelo económico heredado de la década de 1990 cambiaron Perú.
El país de hoy no es el país de hace cincuenta o sesenta años. El Perú de entonces tenía una economía “cuasi feudal” y una sociedad “pre-moderna”. Actualmente, la economía peruana tiene mayor apertura de mercado, mayor competencia, mayor iniciativa privada y libertad de empresa y mayor libre comercio. A su vez, la sociedad es menor jerárquica, menos desigual y más integrada.
No obstante, un viejísimo mal persiste: el racismo. En la década de 1920 el pensador socialista José Carlos Mariátegui señalaba que en Perú no podría surgir una “conciencia de clase” mientras no haya un mayor grado de mestizaje, mientras siga habiendo conflictos sociales motivados por la raza o el color de la piel. Por desgracia, a diferencia de otros países latinoamericanos, el mestizaje ha sido bastante lento y no ha permitido -al menos, hasta hace muy poco tiempo- que el dinero comience a “blanquear”.
Por ejemplo, el compositor vernacular Luis Abanto Morales publicó en 1973 su conocido tema musical “Cholo soy”, que ha sido ampliamente difundido desde entonces. Esta canción (Morales no la compuso, sólo la adaptó de un poema del letrista argentino Boris Elkin) no reivindica las luchas proletarias contra una burguesía urbana ni al campesinado frente a una oligarquía terrateniente sino la condición de “cholo”, que puede tener diferentes connotaciones: desde un mestizo costeño con rasgos indígenas hasta alguien de ascendencia indígena oriundo de los Andes peruanos, sin importar en ningún caso demasiado el nivel socioeconómico.
Hoy la palabra “cholo” tiene una carga despectiva. Especialmente, si quien la pronuncia es alguien con menor pigmentación de la piel y se considera a sí mismo o es considerado por otros como “blanco”. Hoy está de moda decir “marrón” o reivindicar el color “marrón”. Ahí está, por ejemplo, el popular podcast izquierdista “Pitucos marrones”, protagonizado por el director de cine Hugo Lezama, el conocido “Barbas”. Aunque en los medios de comunicación no se vocalice, en las redes sociales o las plataformas streaming se habla abiertamente de “marrones” o se reivindica el color “marrón” de la mayoría de peruanos y peruanas (obviando el grado de mestizaje) respecto a aquellos que tienen una tonalidad de piel más clara.
Desgraciadamente, este despertar “marrón” no contribuye en nada a superar el tan arraigado racismo. Así como era fácil tildarse de “cholos” entre “cholos” (el psicoanalista lacaniano Jorge Bruce escribió al respecto hace varios años) y los señalados rechazaban serlo, aunque no necesariamente alucinen ser “blancos”, hoy quienes son tildados de “marrones” por otros “marrones” tampoco aceptan serlo. Además, como nadie escoge el color de piel con el cual nacerá, ¿dónde quedan quienes nacieron con una tonalidad de piel más clara y carecen de pulsiones racistas?. Englobar a todos ellos como “blancos” no es justo ni preciso. ¿Dónde quedan quienes tienen ascendencia china o japonesa?, ¿dónde quedan quienes, pese a ser minoritarios, tienen ascendencia italiana o alemana, por ejemplo?. Por último, ¿dónde quedan quienes son descendientes de los antiguos esclavos africanos?. Ellos no serían “marrones” ni “blancos”.
¿Se
percatan de cuán absurdo y hasta ridículo se escucha todo esto?. Éste es Perú,
un país tan socialmente atrasado, donde mucha gente todavía no es juzgada por
el contenido de su carácter sino por el color de su piel.
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