Como en el Apocalipsis bíblico,
transcurren días, semanas y meses para la lucha final. No será una batalla
teológica por la salvación de las almas sino una batalla política por la
libertad, las instituciones y el imperio de la ley.
Mientras el Congreso empieza a
debatir la propuesta presidencial de Fiestas Patrias para adelantar un año las
elecciones generales de 2021 vía referéndum, el Presidente de la República se
pasea por calles y plazas de varias ciudades hablando sólo del adelanto electoral
y azuzando a las multitudes contra el Congreso.
Su Excelencia está monotemático. No
habla de las deficiencias en los servicios de salud pública, como los bebés
fallecidos en hospitales de Lambayeque y Junín. Tampoco habla de la (imperante)
delincuencia común u organizada ni menciona el “paro indefinido” de las turbas
bestiales en Arequipa contra el proyecto minero Tía María. Menos sobre el
desempleo juvenil, el magro crecimiento económico, la bajísima ejecución de
obras para la “reconstrucción” tras el fenómeno de El Niño en 2017 ni ningún
tema del día a día que nos pueda interesar.
Ya es evidente la retórica
populista y autoritaria del Presidente de la República ante las muchedumbres.
Parece desesperado. Nuevas evidencias en la investigación fiscal por el “caso
Chincheros” (no creo ver corrupción administrativa) le asustarían. Sus enemigos
en el Congreso tendrían la causal para destituirlo, aunque haber “traicionado”
el juramento pronunciado el día de la sucesión constitucional en 2018 poniendo
en peligro las vidas de militares, policías y ciudadanía en Arequipa frente a
turbas manifestantes que él mismo había alentado a la violencia y el
salvajismo, es suficiente.
Su Excelencia sabe que el Congreso
rechazará mayoritariamente el adelanto electoral con referéndum. ¿Qué haría?.
¿Una cuestión de confianza por la reforma constitucional para amenazar a la
Cámara con la disolución?. Esa opción tiene mayor rechazo en el Congreso que el
mismo adelanto electoral. ¿Optaría por un nuevo Presidente del Consejo de
Ministros, tan “impotable” para el Congreso que éste le niegue la cuestión de
confianza y pueda disolver la Cámara?, ¿qué pasaría si no se la negarán?. Este
“aventurero” sólo irá por la opción formalista más segura, que le garantice
quedarse en el poder. No puede apelar a la fuerza militar o policial. ¿Un
proceso constituyente?. Ya no lo veo descabellado.
Sin embargo, preocupa la agitación
política. Me asusta que, si se viera “acorralado”, el Presidente de la
República convocara a las masas de otras ciudades hacia Lima y en Lima hacia el
Palacio Legislativo para “acorralar” al Congreso. No sería una movilización
ciudadana de patriotismo y civismo sino la “carta blanca” para que turbas de energúmenos
“enciendan” la ciudad. Ahí el Congreso no debiera dudar en destituirlo. Después
veríamos quién le sucedería. Sería la última oportunidad. Si el Congreso no
acabase con el “aventurero”, él acabaría con el Congreso, la democracia
restaurada en 2001 y -también- el modelo económico heredado de la década de
1990.
Que sea la voluntad de Dios.

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