Verónika Mendoza: demasiado “chibola”, demasiado “roja”

La congresista Verónica Mendoza (todavía no sé si su nombre se escribe con “c” o “k”) lanzó su pre-candidatura presidencial dentro de la izquierda radical y algunos “rojos” y “rojimios” se han entusiasmado. “¡Una cara joven y nueva!”, “¡Ella refrescará la política!”, dicen, pero no veo nada nuevo ni bueno en esa dama.

Mendoza fue electa al Congreso en 2011 por el Partido Nacionalista y era muy cercana a la actual Primera Dama de la Nación, pero rompió con el Presidente de la República y su Gobierno al año siguiente tras el conflicto en Cusco por el proyecto minero Tintaya a cargo de la empresa minera suiza Xtrata Cooper (hoy Glencore Xtrata) acusada de haber propalado información falsa sobre el Estudio de Impacto Ambiental del proyecto. Hoy integra el llamado “Frente Amplio”, otra de las tantas facciones o denominaciones de la izquierda radical.

Vayamos al grano: ¿Mendoza es “presidenciable”?. No, por dos razones simples. La primera es generacional: recién este año la dama cumple 35 años, la edad mínima constitucional para acceder a la Presidencia de la República. Además, salvo la actual función parlamentaria, no tiene experiencia política ni administrativa. Siempre ha sido una “activista social”, encerrada en el ámbito de las ONG. Se parece algo a cierto joven y carismático líder del APRA (saben de quién hablo, ¿no?), que en 1978 fue electo a la Asamblea Constituyente, después diputado durante el gobierno de Acción Popular (1980-1985) y, de ahí, candidato presidencial. Ganó y presidió el peor gobierno de nuestra historia republicana.

La otra razón es ideológica. Esta dama creció en el seno de una familia izquierdista y realizó sus estudios de psicología en Francia, donde bebió toda la superchería del izquierdismo europeo. Por eso no juzga la debacle económica y la anomia social que vivieron el Perú en las décadas de 1960, 1970 y 1980 como la consecuencia de “malas políticas” sino de “malos políticos”. Considera las reformas de mercado de la década de 1990, “una conjura de la derecha, el empresariado, la banca internacional y los Estados Unidos” para “desfavorecer al pueblo”. Se llena la boca hablando de “cambio”, “cambiar al Perú”, pero hacia atrás. Por ahora se limita a apoyar temas valóricos como la despenalización del aborto por violación sexual o la unión civil no-matrimonial para personas del mismo sexo.

En esa línea el sociólogo Julio Cotler ha pedido a Mendoza que se defina en cuanto a Venezuela, país al que ha viajado varias veces invitada por la “Revolución Bolivariana”. Ella rehúsa condenar la “dictadura” de Nicolás Maduro y aplaude su fracasada política económica, insinúa que aún hay democracia allá (hace tiempo que las elecciones no son libres) y Cotler dijo que esa ambigüedad es muy parecida a la que, en otra época, tenía la alianza Izquierda Unida, la cual no quería condenar el terrorismo de los “hermanos equivocados” de Sendero Luminoso.

Parafraseando al viejo escritor Manuel Gonzáles Prada: Verónica Mendoza al poder; los jóvenes, viejos y todo el Perú, a la tumba.



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