Perú cierra el año con panorama entre expectante, pesimista y sombrío.
En materia económica, la economía peruana cierra el año con una contracción de 13% del PBI. Miles de empresas cerraron. Los procesos de liquidación, adquisición y fusión han crecido. Además, millones de trabajadores perdieron sus empleos y muchas empresas han reducido salarios para reducir costos. La pobreza y extrema pobreza se han incrementado otra vez. Sin embargo, el reinicio de actividades económicas consiguió que el mercado laboral vuelva a generar empleo, pero no los suficientes para compensar los empleos perdidos. Según proyecciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el Perú tendría un crecimiento económico el siguiente año alrededor de 9% del PBI: uno de los más altos del subcontinente. El Ministro de Economía y Finanzas y el Presidente del Banco Central de Reserva están optimistas, a pesar que la deuda externa y el déficit fiscal están elevadísimos y los grandes proyectos de inversión privada en minería, hidrocarburos y agro-exportación son amenazados por la incesante agitación política de la izquierda radical.
Respecto a la pandemia viral COVID-19, la situación es crítica. De acuerdo al Sistema Informático de Nacional de Defunciones (SINADEF), los fallecidos por la pandemia alcanzarían los ¡ciento veinte mil! y el sub-registro de muertes ya es, internacionalmente, innegable (superado en la región por Ecuador), pero la Ministra de Salud no transparenta información. Asimismo, el Gobierno nacional (los grandes medios de comunicación también) no reconoce que el rebrote ha sido causado por más personas fuera de casa por el reinicio de actividades económicas y las marchas numerosas en noviembre. Por eso la negativa cobarde y necia de comprar pruebas fidedignas para descarte del virus. Tampoco informa todo sobre las negociaciones con laboratorios para la posibilidad (remota) de adquirir vacunas contra el virus el siguiente año. En lugar de perder el tiempo aprobando más leyes inconstitucionales y demagógicas, el Congreso debió interpelar hace rato a la Ministra de Salud. Por no decir, censurarla.
El Presidente de la República y su Gobierno permanecen mudos frente al rebrote de la pandemia. Muestran una imagen opresiva con soldados armados con sus fusiles a impedir el acceso a las playas del litoral, pero callan frente al colapso de las unidades de cuidados intensivos en hospitales públicos y clínicas privadas. Antes de Navidad, el Estado de Emergencia en todo el país fue prorrogado por duodécima vez y, de nuevo, se ha jugado con los horarios del toque de queda, pero no hay nada más. Su Excelencia y el Gobierno no tienen idea qué más hacer, pero sí parecen totalmente renuentes -como gran parte de la ciudadanía- a imponernos confinamiento generalizado en nuestras casas, como en los meses de marzo, abril, mayo y junio, porque la economía se derrumbaría definitivamente y habría un “estallido social” por hambre y miseria.
Por último, políticamente, el país está mal. Violentas protestas, con bloqueo de carreteras, enfrentamientos con una desmoralizada Policía Nacional y fallecidos, consiguieron que el Congreso derogara la ley del año 2000 sobre promoción de la agro-exportación. El Gobierno no actuó. Continúan las protestas, las convocatorias a huelga y paro desde distintos sectores. El Gobierno no actúa y el Presidente de la República se muestra cada vez más ante nosotros como frívolo e inútil. Pronto iniciará la campaña electoral y los futuros candidatos querrán compensar el bajo entusiasmo ciudadano con promesas o propuestas (más) demagógicas.
No caigo en
el alarmismo de que el próximo año nos jugaremos la democracia restaurada en
2001 y el modelo económico heredado de la década de 1990, pero sí creo debe ser
un mejor año para el país y todos nosotros. De antemano, quien escribe les
desea un Feliz Año Nuevo.
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