Perú, entre el cólera y el COVID-19 ("ESPECIAL")


Preocupación y algo de temor provocan la epidemia COVID-19, también conocida como “coronavirus de Wuhan”.

Aunque el origen epidemiológico aún no es bien conocido, el COVID-19 surgió en China y en menos de un año se ha convertido en “pandemia”. Tiene síntomas similares a la gripe: fiebre, tos, diarrea. Puede producir neumonía u otras enfermedades respiratorias. Es mortal y no hay cura. Por el momento, los médicos se limitan a aliviar los síntomas. Se contagia por tos, estornudo o exhalación. El virus necesita entre dos a 24 días para incubar. Se puede prevenir con el lavado habitual de las manos, el uso de mascarillas y la detección temprana.

El COVID-19 se ha expandido a más de sesenta países en el mundo: Vietnam, Tailandia, Singapur, Japón, Corea del Sur, Australia, Singapur, Filipinas, Irán. También a España, Francia, Alemania e Italia. Ya hay casos en los Estados Unidos. En América Latina, hay contagiados en México, Brasil, Ecuador (país más afectado), la República Dominicana, Chile y Argentina. Todavía no hay casos en el Perú, pero podemos enfrentar emergencias epidemiológicas. En 2003 no hubo casos de SARS (gripe aguda severa), también proveniente de China. En 2009 se enfrentó sin mayor dificultad casos de AH1N1, un tipo virus influenza. Sin embargo, desde especialistas hasta población imaginan un escenario casi apocalíptico, al estilo The Walking Dead en el Perú. Tal vez por el recuerdo de la epidemia del cólera en 1991.

Pese a tener otro origen (bacterial, no viral), el cólera hizo estragos en el Perú. Comenzó en el verano con primeros infectados en Chimbote. Todos decían haber comido pescado y el entonces ministro de Salud, Carlos Vidal, pidió no comer pescados ni mariscos y no ir a las playas. Realmente, el cólera se transmitía por beber agua sucia, comer alimentos crudos o preparados insalubremente, no lavarse las manos, comer en lugares anti-higiénicos, etc. Pronto aparecieron casos en Piura y Trujillo. Después en el Callao y Lima. Posteriormente, en la sierra. Cajamarca fue uno de los departamentos más afectados. Finalmente, llegó a la selva. El cólera se expandió rápido. El Perú se volvió el foco infeccioso del subcontinente, excepto para Paraguay y Uruguay.

Décadas de deterioro y desinversión en los sistemas sanitarios crearon el ambiente propicio. La distribución de agua en muchísimos hogares contenía alto porcentaje de residuos fecales. Silos de agua estaban sucios. Los colectores de desagüe iban directamente al mar o los ríos. Los regadíos en el campo, donde -por ejemplo- se cultivaban tomates, cebollas o papas, eran regados con agua contaminada. El Perú, que nunca había sido un país muy “higiénico”, era más insalubre que nunca. Mucha gente no tenía el hábito de lavarse las manos antes de comer, hervir el agua antes de beberla, etc.

Los hospitales no se daban abasto. Escaseaban los equipos, los medicamentos y el instrumental. Faltaba personal médico y hasta ambulancias. Fallaba el suministro eléctrico y el agua potable. La Iglesia Católica y la sociedad civil ayudaron en lo que pudieron. Autoridades municipales decomisaban pescado de los mercados de abasto y prohibieron la venta ambulatoria de comida. Cevicherías cerraron y los restaurantes eliminaron del menú el pescado. Se empezó a limpiar regularmente calles y avenidas y recoger los desperdicios. Se trató de “calmar” a la población. Vidal y hasta el mismo presidente Alberto Fujimori se mostraron en público comiendo pescado para probar que “no daba cólera”. A la ansiedad por la epidemia se sumaba la violencia terrorista y la dureza del plan de estabilización económica.

Para marzo de 1991 el número de casos bajó y la epidemia gradualmente desapareció. Para el verano siguiente, estaba controlada. El cólera infectó a 322,562 pacientes. Más de dos mil novecientos murieron. El país de hoy no es el de 1991 ni el COVID-19 es el cólera, pero creo podremos enfrentarlo. Tengo fe en Dios y el Perú.


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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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