Así es el “villaranismo”


Veía televisión por la noche y, sin querer, sintonicé el programa del periodista Marco Sifuentes en ATV+ (señal cerrada), quien entrevistaba al politólogo Alberto Vergara.
 
Durante la entrevista ambos lamentaron que, según las encuestas de intención de voto municipal, el electorado limeño no favorezca mayoritariamente la reelección de la alcaldesa de Lima, Susana Villarán, y prefieran a su antecesor, Luis Castañeda. Sin embargo, la explicación de Vergara es sorprendente: peruanos y peruanas no habrían entendido la “nueva forma” de hacer política de Villarán, que privilegiaría la "construcción de ciudadanía" (también lo dijo el ex Ministro de Trabajo, Juan Sheput, durante la campaña por el NO a la revocación de Doña Susana en 2013) frente a las obras civiles.
 
Días antes el politólogo Carlos Meléndez también analizó en su columna de opinión del diario Perú21 por qué hay quienes defienden fanáticamente a Villarán, a pesar de la elevada impopularidad. Por tanto quise definir el "villaranismo". Quizá estemos ante la vanguardia del pensamiento político peruano o sólo una gran estafa. He aquí los resultados:
a)      El “villaranismo” no es ideológico. Doña Susana se ha transformado de comunista maoísta a socialdemócrata, después se volvió socialista democrática y ahora no se sabe qué es. Afirmar que los “villaranistas” son “de izquierda” ya es irreal.
b)      Pregona la convivencia política, pero es intolerante. Odia al APRA, Solidaridad Nacional (el partido de Castañeda) y el fujimorismo. Recela del Partido Popular Cristiano y defiende o ataca a Somos Perú, Acción Popular, Perú Posible, el nacionalismo, etc., mientras no se metan con Villarán.
c)      “Rechaza” la “política tradicional” por la ética. Es muy moralista, pero sólo a ratos. Grita “guerra sucia”, “fraude” o “boicot” para defender a Doña Susana, pero no tiene inconvenientes en “apelar” a esos métodos contra los adversarios.
d)      Se considera “cívico” y hasta “civilizador”, pero es clasista. No le interesan las penurias diarias del hombre o la mujer “común y corriente” (¡sacrifíquense!), porque constantemente invoca el “largo plazo” y los “grandes objetivos”.
e)      Es “bien intencionado”. Que la “reforma del transporte” haga agua por donde se le mire, no importa. Villarán lo intentó y los resultados no interesan.
f)       Es contradictorio. Dice aceptar el mercado, pero cobija a quienes lo repudian. Alega creer en la democracia, pero la desprecia (lea la columna de opinión del historiador Nelson Manrique en el diario La República) si no favoreciera en las urnas a Doña Susana.
 
Por último, el “villaranismo” siempre ha sido así desde que la ex Ministra de la Mujer irrumpió en las elecciones municipales y regionales de 2010 y recibió el apoyo mediático del escritor Jaime Bayly, el grupo El Comercio y esos personajes del periodismo que se consideran “progresistas”. Que ahora, por ejemplo, la lingüista Patricia del Río diga que Villarán le parece una "candidata mediocre" sorprende, porque no pensaba igual hace cuatro años.
 
¿Morirá el “villaranismo” si Doña Susana no es reelegida?. Quién sabe.

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