Otra opción

Cada vez más peruanos y peruanas se convencen que el Gobierno nacional de ese “aventurero” llegado a la Presidencia de la República mediante la sucesión constitucional de 2018 fracasó rotundamente.

Según cifras oficiales, el Perú está entre los ocho países con mayor número de contagios y muertes por la pandemia viral COVID-19 en el mundo. No hay camas disponibles, las unidades de cuidados intensivos están llenas, faltan ventiladores mecánicos, escasea el oxígeno medicinal, faltan medicamentos y mascarillas o ropa protectora para médicos y enfermeras, bajan la cantidad diaria de descartes del virus (descontando la fiabilidad) y el contagio no se detiene. A su vez, la economía está destrozada: sube el desempleo, abundan las empresas quebradas, el empobrecimiento de clases medias y la pauperización de pobres y pobres extremos continúan.

A tres meses que el “aventurero” decretó el Estado de Emergencia, el toque de queda y el “aislamiento obligatorio” en todo el país, estas acciones no han servido ni sirven para contener o controlar la pandemia. Él todavía las justifica alegando que “salvó vidas”, pero es otro de sus embustes. ¿Pudo haber hecho algo distinto?. Por supuesto, si tuviésemos un Gobierno serio y no esa “pandilla de farsantes”. Hace poco lo escribió el economista Iván Alonso en el diario El Comercio. La mayoría de medidas sanitarias anteriores al 16 de marzo eran adecuadas: suspensión de clases en escuelas, institutos y universidades o prohibición de eventos masivos de carácter artístico, cultural, deportivo o religioso. El punto de inflexión fue el 16 de marzo.

En vez de un Estado de Emergencia para todo el país, el “aventurero” debió decretar veintiséis: para Lima Metropolitana, Callao, Lima provincias y el resto de departamentos. Además del cierre de fronteras y la cancelación de vuelos comerciales, el libre tránsito debió suspenderse sólo entre departamentos para aislar Lima, Arequipa, Huánuco, Ica, Cusco, Piura, Lambayeque, Callao, La Libertad y Ancash, donde estaban los pocos casos detectados (sin fallecidos aún) hasta el 16 de marzo. Así era posible -y más fácil- confinar a los pocos enfermos y rastrear sus posibles infectados. Por temor al contagio, mucha población se hubiese confinado voluntariamente. Algunas personas se hubiesen confinado en sus viviendas sin mayor problema, otras hubiesen seguido saliendo, pero con sus mascarillas y tratando de mantener la “distancia social”.

Aunque la economía hubiese sufrido menos, es posible que hubiera habido un contagio comunitario acelerado, pero todavía había tiempo para comprar más pruebas de descarte del virus, montar hospitales de campaña (con el equipamiento necesario), almacenar oxígeno medicinal, importar medicamentos, etc. Aún hubiese quedado chance a aplicar medidas más estrictas (como suspensión de la libertad de reunión o toque de queda, por departamento) si fuera necesario.

Cuando la pandemia se investigue y ese “aventurero” y sus compinches sean acusados (a semejanza de Italia y España) y enjuiciados, no les crea si dijeran que no tuvieron otra opción.

 


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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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