Recientemente, renunció el Ministro de Energía y Minas. En menos de 24 horas, el “kantiano” y “hegeliano” Presidente de la República juramentó al sucesor.
¿Por qué renunció?. Una denuncia periodística reveló que hace veintiséis años, cuando ese hombre tenía 47 años de edad, había seducido y embarazado a una jovencita de 16 años. De esa unión nació un bebé, quien hoy es un joven. Actualmente, la mujer tiene más de cuarenta años y el hombre es un septuagenario. La mujer no niega que el hombre convivió con ella y el niño durante varios años. La confesión es para conocimiento público, porque, aunque las relaciones sexuales entre un adulto y una menor de edad son delito, el crimen prescribió. No obstante, el infeliz trató de minimizar la revelación diciendo que él se “enamoró” de la jovencita y contrató los servicios de un conocido abogado estercolero.
Fue sorprendente la reacción de la opinión pública y los medios de comunicación. Aunque algunos periodistas o comentaristas políticos consideraron inaceptable la presencia de ese individuo dentro del Gobierno interino, los demás estaban más preocupado que éste continuase con la reestructuración de la petrolera estatal PETROPERU, enfrentase la crisis temporal en el abastecimiento de gas natural o rechazase el nefasto dictamen sobre las concesiones mineras a debatir en el putrefacto Congreso. El grueso de la ciudadanía está en otro rollo: los ingresos del día a día, los chimes de la farándula, el marcador de los partidos de futbol, etc.
Una sociedad que no condena la inversión de su escala de valores y la trasgresión de sus normas éticas no está bien. Creo que Perú es un país ENFERMO. ¿Desde cuándo está enfermo?. Desde los años de la violencia terrorista, durante las décadas de 1980 y 1990. Tanta muerte, tanta destrucción, tanto sufrimiento, tanto dolor. Los años posteriores al retorno de la democracia en 2001 no consiguieron curar todas las heridas en la sociedad peruana cuando en 2020 sobrevinieron más muertes, más lágrimas derramadas, más vidas arruinadas y mayor pesar con la pandemia viral COVID-19 bajo el miserable gobierno de Martín Vizcarra, que mató más personas que el terrorismo comunista y la lucha antiterrorista. Por intereses políticos o entero egoísmo, se echó sal sobre muchas heridas y los traumas se han agravado.
Los resultados de las elecciones generales de 2021 fueron los primeros síntomas de esa sociedad herida, rabiosa y temerosa en la cual se convirtió Perú. En cinco años nada ha mejorado socialmente. Existe un descontento colectivo mayoritario. Ni siquiera hay un pujante crecimiento económico que pueda aplacar los sentimientos de ira, rabia y desilusión cuando muchos peruanos piensan en Perú. He ahí la explicación del por qué tenemos hoy los candidatos que tenemos participando en las elecciones generales y el por qué provocan tan poquísima adhesión política.
Cuando un
organismo vivo enferma, sólo habría dos desenlaces: la curación o la muerte.
Quizá muy pronto llegue la curación, pero temo que la enfermedad peruana se
agravará aún más antes de la sanación.
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