Término acuñado por la escritora Gabriela Wiener, hija
del difunto periodista Raúl Wiener.
Wiener (con quien no simpatizó, porque profesa la ideología
apolillada que profesaba su padre) acertó con ese verbo, pero ¿qué sería “terruquear”?.
Acusar de “terrorista” -o “terruco”, en lenguaje
coloquial- al adversario político con el objetivo de descalificarlo.
Seguramente, lo ha oído desde el APRA y el fujimorismo. También por ciertos
periodistas o intelectuales. Por supuesto, en las redes sociales Facebook y Twitter, donde los señalamientos de quien sea a quien sea no tienen
reparos: “¡terrorista!”, “¡defensor de terroristas!”, “¡amigo de terroristas!”,
etc. Tras el aluvión acusatorio, el consabido “Terrorismo nunca más” para
calmar la consciencia.
Si alguien en el Perú se siente “más peruano(a)” o “ciudadano(a)
consciente” después de haber señalado a los (supuestos) “terroristas”, “defensores
de terroristas” o “amigos de terroristas”, etc., allá él o ella. En países
desarrollados donde se vivió la barbarie terrorista en Gran Bretaña, Francia,
Alemania, Italia, España o Japón, donde saben bien que el concepto “terrorismo”
está ligado a “terror”, nunca he sabido que políticos, periodistas,
intelectuales o la gente acuse tan ligeramente a alguien de “terrorista”. ¿Por
qué en el Perú es distinto?.
Fueron Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario
Túpac Amaru (MRTA) en la década de 1980 quienes desataron tal violencia y
salvajismo como el Perú no lo había vivido antes. Para los peruanos el
terrorismo debe simbolizarnos asesinatos, desapariciones, torturas, violaciones
sexuales, secuestros. Destrucción a gran escala de propiedad pública y privada.
En fin, ruina y miseria. Llanto, sufrimiento y miedo. No nos quepa la menor
duda.
La democracia bajo la Constitución de 1979 enfrentó el
embate subversivo como pudo. Se planeó bastante, se improvisó mucho. El
aprendizaje antiterrorista fue difícil, duro y lento. Pocas personas se
percataron que la violencia siempre engendra violencia y que las fuerzas
militares y policiales inevitablemente “copiarían” prácticas perversas de los
terroristas para combatirlos contribuyendo -probablemente, sin desearlo- a la
hoguera de muerte, dolor y desolación en que se había convertido el Perú. Los
propósitos de proteger la vida, garantizar la libertad, defender el imperio de
la ley y restablecer el orden se desdibujaron.
Quienes mayoritariamente -además de otros motivos-
aplaudieron el golpe de estado del 05 de abril de 1992 no lo hicieron pensando
en la derrota de Sendero Luminoso y el MRTA sino en el anhelado final de ese
ambiente asfixiante de sangre, devastación, tragedia, temor y zozobra en el
país ocasionado por dos fuegos cruzados que no nos permitía una existencia
normal. Por eso la época del terrorismo tiene poco de gloriosa y mucho de
tragedia nacional.
Quienes hoy “terruquean” por razones políticas o
enteramente egoístas no ayudan a superar ese trauma nacional. Esos muertos,
desaparecidos, torturados y demás no merecen que alegremente banalicemos las
palabras “terrorismo” o “terrorista”.

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