Perú frente a la corrupción

Últimamente, los medios de comunicación no cesan de “vomitar” noticias sobre supuestos actos de corrupción de los políticos peruanos.

En primer plano, los vínculos de la Primera Dama de la Nación (doña Nadine Heredia) con los negocios turbios del empresario Martín Belaunde Lossio. También están los congresistas, jueces o fiscales involucrados con la red de corrupción del empresario Rodolfo Orellana. No faltan los escándalos de corrupción de varios ex presidentes regionales y más denuncias contra alcaldes y ex alcaldes. Por último, revelaciones que la empresa constructora brasileña Odebrecht habría pagado sobornos a funcionarios públicos durante los gobiernos de Alejandro Toledo y Alan García, además de la alcaldía de Lima bajo Susana Villarán. Si falta algún caso, perdonen.

Este sombrío contexto es recogido por las diferentes encuestas de opinión: actualmente, tras la inseguridad, la corrupción es el principal problema que aqueja a la sociedad peruana. A pesar del crecimiento pequeño de la economía, el tema económico no es considerado tan prioritario. Sin embargo, llama la atención la actitud pasiva o indiferente de la mayoría de peruanos y peruanas hacia la corrupción, en contraste con otros países de América Latina.

Acá no hay grandes manifestaciones callejeras exigiendo la renuncia del Presidente de la República, quizá porque no señalan a su Gobierno como responsable. No obstante, en Brasil los grandes escándalos de corrupción sobre la petrolera pública PETROBRAS y la misma Odebrecht no involucran directamente a la presidenta Dilma Rousseff, pero ya hay protestas callejeras exigiendo su renuncia. Tampoco influye que en el Perú falte menos de un año para las elecciones, porque en Guatemala también hay comicios el próximo año, pero hay multitudinarias marchas exigiendo la renuncia del presidente Otto Pérez Molina por el gran escándalo de corrupción en las aduanas, que le costó el cargo a su vicepresidenta.

Quizá alguien diga que esas situaciones no se repiten en el Perú, porque nos estamos institucionalizando como país. Tal vez, pero en Chile hay crecientes voces en alto pidiendo la renuncia de la presidenta Michelle Bachelet desde el momento que se conoció la denuncia de tráfico de influencias con su hijo y un banco privado. Tampoco hay mayor similitud con Honduras, donde muchos hondureños y muchas hondureñas exigen públicamente la renuncia del presidente Juan Orlando Hernández por el “destapada” corrupción en la Seguridad Social.

Finalmente, tampoco es por la frivolidad en el poder. En México, los feroces opositores callejeros al presidente Enrique Peña Nieto exigen su renuncia -entre otras- por la lujosa mansión que se compró a dos años de asumir el poder. 

Compararíamos también con Nicaragua, Panamá o la República Dominicana, por ejemplo, pero ¿por qué en el Perú la reacción ciudadana es diferente?. ¿Resignación?. Después de la “mega-corrupción” vivida en la década de 1990, no lo creo. ¿Pragmatismo?. Podría ser. ¿Ignorancia?. No se descarta. Ahí hay un buen objetivo de estudio para las ciencias sociales.

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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