Martín Vizcarra juramentó como Su Excelencia, el
Presidente de la República, en ceremonia protocolar ante el Congreso.
Su ascenso al poder está enmarcado en las
circunstancias políticas que finalizaron repentinamente el gobierno de Pedro
Pablo Kuczynski. Por su breve mensaje, el nuevo Presidente de la República no
tiene el estilo “campechano” de su antecesor, parece tener la claridad mental
para saber qué hacer y cómo hacerlo y ha asumido el poder en un clima de
cordialidad y expectativas. Después analizaremos las primeras medidas.
Quiero resaltar la sucesión constitucional realizada.
La transmisión del mando fue ordenada y tranquila. No hubo fuertes protestas,
grandes movilizaciones ni violencia callejera, a diferencia de países latinoamericanos
como Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Guatemala o Paraguay. Tampoco intranquilidad
militar o policial. La Constitución de 1993 y las instituciones funcionaron. La
democracia restaurada en 2001 no fue alterada. No hubo sobresaltos ni
incertidumbre. Los índices de la Bolsa de Valores de Lima no se desplomaron ni se
dispararon los tipos de cambio en dólares y euros. Las agencias calificadoras
de riesgo mantienen las calificaciones para el Perú. No hubo fuga de capitales
en bancos o fondos de inversión. Incluso la Secretaría de Estado de los Estados
Unidos ha felicitado el traspaso constitucional del poder.
La historia política del Perú en los siglos XIX y XX
ha sido tan convulsa, que sólo en una ocasión hubo una sucesión constitucional
semejante: en 1904 murió el presidente Manuel Candamo y lo sucedió su segundo
vicepresidente Serapio Calderón (el primer vicepresidente Lino Alarco falleció
antes), pero eran los tiempos del régimen oligárquico, que la historiografía
peruana llama la “República Aristocrática”.
¿Esta sucesión constitucional significa que la
democracia, el imperio de la ley y las instituciones son valoradas en el Perú?.
Si las elecciones generales de 1931 fueron nuestros primeros comicios libres (antes
dominaba el fraude electoral y la arbitrariedad), el aprendizaje ha sido lento.
Por ejemplo, el APRA no aprendió a valorarlas hasta las décadas de 1950 y 1960.
Acción Popular, hasta las décadas de 1960 y 1970. El Partido Popular Cristiano,
hasta la década de 1970. La izquierda radical no aprendió hasta las décadas de
1980 y 1990, pero hay elementos al interior que todavía no lo aprenden. La
derecha conservadora (entiéndase el fujimorismo) recién están aprendiendo.
¿La población sí valora la democracia, el imperio de
la ley y las instituciones?. Que recientemente las encuestas de opinión
revelaran que, más o menos, la mitad de la ciudadanía (alentada por periodistas
demagogos y algunos políticos oportunistas) no quería la sucesión
constitucional hasta 2021 y prefería nuevas elecciones generales cuando hace
dos años hemos ido a las urnas y falta más de tres años para el fin del mandato
presidencial parecen evidenciar lo contrario.
Al menos, que superáramos bien una crisis política que
parecía llevarnos a un callejón sin salida es señal de que el Perú sí ha
avanzado.

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