08 de agosto de 1990. Juan Carlos Hurtado
Miller, nada simpático Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de
Economía y Finanzas, apareció por la noche en TV anunciando el temido ajuste
económico o “shock”.
El “shock” tenía como propósito revertir
una hiperinflación de cuatro dígitos anuales, un déficit fiscal astronómico y
un sobre-endeudamiento externo, el desabastecimiento generalizado de bienes de
primera necesidad, el empobrecimiento rampante de la población y la degradación
del aparato productivo. ¿En qué consistió?. Liberalizar precios y tarifas,
aumentar las tasas de interés, dejar que el dólar flote libremente, eliminar
subsidios, desmantelar las barreras arancelarias y para-arancelarias al
comercio exterior y promover la inversión privada.
Una vez cumplido el objetivo corrector,
vino un paquete de reformas para abrir el mercado, privatizar varias empresas
estatales, reconvertir la masa laboral, fomentar el derecho a la propiedad e
incentivar la iniciativa privada y la libre empresa. Con aciertos, desaciertos,
ineptitud y mucha improvisación nació en la década de 1990 el mentado modelo
económico que hoy nos rige.
A pesar de cuatro años de estancamiento y
que el “despegue” comenzó recién en 2005, el modelo funcionó: la pobreza bajó
de casi 60% hace veinticinco años a menos de 25% en 2013. Surgió una pujante
clase media “emergente” y el empresariado nacional se ha fortalecido. Los
salarios y la productividad aún son bajos, pero hoy hay más propietarios que
antes y ya se accede a esos bienes y servicios que otrora eran un sueño. Por
desgracia, desde 2001 la democracia restaurada no lo ha complementado con
instituciones fuertes, un sistema de partidos políticos pequeño y estable,
tribunales de justicia fiables, vigencia irrestricta del imperio de la ley, una
modernización de la administración pública, mejores servicios de educación y
salud y una reforma laboral integral.
¿Estamos a puertas del desarrollo?. Para
nada, pero el camino es el adecuado, porque no interfiere con tres elementos
claves de la creación de riqueza: producción, productividad y competitividad.
Tenga presente eso, porque el modelo tiene enemigos: gente que no le disgusta
lo que el Perú es hoy sino lo que NO es. Peruanos y peruanas a quienes les
irrita lo que el país se ha convertido o lo que nunca debió dejar de ser.
Resentidos sociales con excusa ideológica (por ejemplo, la defensa del medio
ambiente) que no les molesta la miseria de los pobres sino la ostentación de
los ricos.
Por fortuna, esos enemigos del modelo son
minoría. Hoy la intención de voto vuelve a configurar el mismo escenario
electoral de 2011: casi 70% del electorado respalda a candidatos que “encarnan”
el modelo económico heredado de la década de 1990, con sus respectivas
interpretaciones e ideas de lo que debería cambiarse.
En fin, siempre es bueno reflexionar un
poco el camino recorrido y lo que falta por recorrer para no dejarse sorprender
por quienes aún prometen que “otro mundo es posible” sin explicar cuál sería y
cómo se llegaría a éste.

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