Se cumplen cincuenta y cinco años del golpe de estado del 03 de octubre de 1968. Es una fecha perdida en el tiempo, pero que aún gravita sobre el presente político del Perú.
El golpe instaló la dictadura del general Juan Velasco Alvarado. Fue el inicio de la denominada “Revolución de las Fuerzas Armadas”. En materia económica, se nacionalizaron grandes empresas, se expropiaron haciendas mediante la “reforma agraria”, se crearon decenas de empresas estatales, se impusieron controles de precios y de cambios, se impusieron barreras arancelarias y paraarancelarias al comercio exterior, se aprobaron subsidios por aquí o por allá y se expandió gigantemente el aparato estatal. Estas políticas conducirían a la subida de la inflación, el aumento del déficit fiscal y el endeudamiento externo, una baja generación de empleo, el crecimiento de la pobreza y el reverdecimiento de la corrupción administrativa.
Fue también una época de activismo político y social “de izquierda”. Un tiempo en el cual los mensajes ideológicos y la actividad educativa o cultural tenían un componente de nacionalismo, indigenismo o reivindicación social. Todo, por supuesto, en el contexto de una dictadura represiva, pero incruenta. Hubo persecuciones, destierros, censuras. Se restringió la actividad de los partidos políticos y la libertad de expresión. Toda la “fantasia revolucionaria” duraría hasta 1975.
¿Por qué después de mucho tiempo, tanto sectores “de izquierda” como sectores “de derecha”, viven marcados por el golpe de estado de 1968 y el septenio de Velasco?. Exceptuando el Partido Comunista de línea moscovita y algunos grupúsculos “rojimios”, la izquierda radical despreció a Velasco, a quien tildaba de “reformista”. Fue después de 1975 cuando comenzó a reivindicarlo como “revolucionario”, convenciéndose que la “Revolución de las Fuerzas Armadas” fracasó, pero lo intentó o ésta quedó inconclusa. Más de un político, intelectual, artista o activista “de izquierda” quiso, entre 2021 y 2022, hubiese una continuidad entre Velasco y el incompetente, corrompido e ideologizado gobierno de Pedro Castillo.
Donde existe un trauma político o social son en sectores “de derecha”. Para éstos, Velasco es casi un “demonio rojo” (él no era comunista), quien “destruyó” un Perú, supuestamente, próspero y progresando. Él sólo ejecutó un conjunto de transformaciones con tinte populista, estatista y colectivista, que empezó a idearse varios años antes. Perú era un país pobre y atrasado, casi desde la Independencia y con Velasco (también en la década de 1980) se volvió más pobre y más atrasado, que llegaría a formas de miseria y primitivismo no vistas en América Latina, salvo Haití.
Aunque el afán golpista existía en las Fuerzas Armadas antes de 1968, el rostro de la dictadura, quien dejaría imborrable su impronta fue Velasco. Aun así, si no hubiese sido él, hubiera sido otro el dictador, porque los “vientos revolucionarios” eran demasiado fuertes en un país “izquierdizado” desde tiempo atrás. Estaba acabando en Perú un ciclo político, una era histórica. Añorar hoy el país anterior a 1968 es irreal. Velasco murió en 1977, pero seguir descargando sobre él odios, miedos, rencores o frustraciones es inútil. Además, exceptuando una mínima oposición, muchísimas personas aplaudieron el golpe de 1968 (desde 1919 todos los golpes de estado en Perú han tenido apoyo popular) y no vieron con malos ojos, al principio, la dictadura de Velasco. Entre ellas había quienes hoy clasificaríamos dentro de los sectores “de derecha”.
El golpe de
1968, Velasco y la “Revolución de las Fuerzas Armadas” deben ser explicados y
analizados por sus causas y sus consecuencias. Creo así entenderemos mejor qué
sucedió hace cincuenta y cinco años.
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