Recientemente, el Congreso aprobó
un proyecto de ley para crear el distrito Mi Perú dentro de los límites del
actual centro poblado menor Mi Perú en el Callao. Hasta 2005, cuando se crearon
los gobiernos locales para los centros poblados, Mi Perú era un asentamiento
humano producto de una antigua invasión de terrenos.
En Lima también ocurre lo mismo:
el centro poblado Santa María de Huachipa también quiere ser distrito. Aunque
es prematuro afirmarlo, porque el Presidente de la República puede promulgar u
observar la norma, habría vuelto esa vieja y nefasta costumbre de crear
distritos o provincias por doquier en todo el país, que había desaparecido en
2003 cuando se impuso que la creación tenga expediente técnico previo.
En 2011 el gobierno de Alan
García quiso -demagógicamente- que el distrito limeño de San Juan de Lurigancho
se convierta en una “provincia especial” (la única provincia sin distritos),
pero el Congreso no se lo permitió. Siempre aparecen en escena quienes alegan que
un nuevo distrito o una nueva provincia permite que sus habitantes “administren
mejor sus recursos”: décadas tras décadas de crear distritos o provincias para
alimentar burocracias municipales y repartir cargos públicos refutan ese
postulado simplista. El economista Felipe Ortiz de Zevallos contó que cuando
fue embajador peruano en Washington los políticos estadounidenses no le creían
que en el Perú hay más de ¡dos mil alcaldes!.
Según el arquitecto y urbanista
Jorge Ruiz de Somocurcio, la tendencia actual del urbanismo es crear “mancomunidades”:
en términos nacionales, significa menos distritos y menos provincias. El Perú,
lamentablemente, está a contracorriente. En el caso de las ciudades, el
resultado es caos y exclusión.
Las premisas son simples:
bienestar y felicidad. Eso se obtiene con una ciudad de calidad, con espacio
público, áreas para caminar, un centro histórico que les genere vínculo. De
acuerdo con Ruiz de Somocurcio, tres elementos fundamentales para que una
ciudad progrese: I) acceso al empleo y
los servicios públicos; II) calidad de la vivienda; III) movilidad incluyente.
Adicionalmente, belleza arquitectónica, estética y seguridad ciudadana.
El Perú tiene una larga tradición
de desastrosa e improvisada planificación urbana, que sólo ha producido
ciudades de arbitrariedad, corrupción e inequidad. Lima es la expresión más
acabada, que sólo ha empezado a integrarse a partir de la Línea 1 del Metro de
Lima y el sistema de transporte Metropolitano.
Ahí está la verdadera
preocupación que debieran tener nuestros políticos, especialmente en vísperas
de una campaña electoral municipal. No en revivir antiguas y degeneradas
prácticas de "reparto municipal". Eso no hace que el Perú sea un país
más justo, unido e igualitario.
Nota
aparte:
según un estudio de la agencia consultora internacional EUROMONITOR, los
trabajadores peruanos son de los más improductivos de América Latina. Chile,
Argentina, México, Brasil, Colombia, Venezuela y Ecuador superan al Perú y sólo
superamos a Bolivia y Guatemala. ¿Quién es el responsable?.


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