Fuerzas militares combinadas de los Estados Unidos e Israel han atacado Irán.
Es una continuación de la denominada “Guerra de los Doce Días” del año pasado. En ese momento, Washington DC y Tel Aviv tenían como propósito destruir el programa nuclear iraní (cuyo enriquecimiento de uranio es mayor al necesario para uso civil) y el arsenal de misiles. Hoy el propósito es derrocar la teocracia islámica que tiraniza Irán desde 1979.
Tengo dudas que, en el corto plazo, los Estados Unidos e Israel consigan la caída de la teocracia islámica. Por ahora los bombardeos se han centrado en instalaciones gubernamentales y militares. Ya se han “cargado” al ayatolá Alí Khamenei, líder supremo iraní, jefe absoluto de la teocracia, además de gran parte de la cúpula de la temible Guardia Revolucionaria. No lamento la muerte de Khamenei, un auténtico “demonio” sediento de sangre, pero sí lamento que, en todo conflicto bélico, por más que la tecnología de guerra esté más sofisticada que nunca, siempre haya víctimas inocentes, que en el argot bélico le dicen “daños colaterales”.
La teocracia islámica, que a inicios de enero aplastó salvajemente las protestas populares contra el colapso económico y el liberticidio religioso matando a, mínimo, siete mil personas (según cálculos de defensores de derechos humanos iraníes en el exilio), ha respondido no solo atacando Israel sino países no involucrados en la operación militar: Qatar, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Arabia Saudita. También la teocracia iraní ha cerrado el estrecho de Ormuz, el paso hacia el golfo Pérsico: una importante ruta de tránsito mundial del petróleo. Aunque el desenlace de esta acción militar es incierto, habrá repercusiones geopolíticas y económicas en todo el mundo.
En Perú, un país al cual el mundo no le pide opinión ni le interesa qué opine, Torre Tagle no ha condenado la intervención militar de los Estados Unidos e Israel, pero sí ha pedido “el camino de la diplomacia”. Políticos y activistas “de derecha”, bastante crispados por la campaña electoral en curso, se han convertido en ultra-defensores del presidente estadounidense Donald Trump y la operación militar contra Irán. En las redes sociales llueven los insultos contra cualquiera que ose dudar si Trump sabe lo que hace o no. Son más trumpistas que Trump.
Toda esta defensa de la intervención militar en Irán no es más que una pose de los sectores “de derecha” para quedar bien con Trump, quien no estaría nada contento con Perú. Basta recordar que el metiche embajador en Lima, nombrado por Trump, fue ignorado olímpicamente por esos sectores “de derecha” promotores de la última sucesión constitucional y la instalación de un nuevo Gobierno interino. Además, ¿de cuándo acá a los sectores “de derecha” les interesa lo que ocurre en Irán?, ¿conocen algo de la política o la historia contemporánea iraní o pueden siquiera identificar en un mapamundi dónde está Irán?. A esos sectores “de derecha” peruanos no los vi reclamar por la violencia de la teocracia islámica contra las mujeres durante las protestas callejeras “Mujer, Vida, Libertad” en 2022. Ni siquiera alzaron la voz contra la bestial represión policial y para-policial de la teocracia islámica hacia manifestantes pacíficos a principios de este año, cuya cifra real de muertos aún se desconoce. Mucho menos contra las ejecuciones sumarias y públicas de la teocracia hacia quienes cometen el subjetivo delito de "ofender a Dios" desde 1979.
Este
comportamiento anómalo de los sectores “de derecha” peruanos sólo evidencia
cuán intoxicada está la política en Perú.
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