Increíble escribir un artículo de opinión sobre un tema elemental en las lecciones de urbanidad o civismo.
Ha fallecido el ex congresista Luis Giampietri, conocido vicealmirante retirado de la Marina de Guerra. Tenía ochenta y dos años de edad y su salud estaba deteriorada. Quien escribe jamás simpatizó con él. Siempre lo consideré un militarista, un “reaccionario de derecha”, un personaje (como otros) que excusó sus preferencias autoritarias en la “lucha antiterrorista” de las décadas de 1980 y 1990, un anti-liberal a quien el traje de “demócrata” nunca fue de su talla. Sin embargo, ante la noticia de su fallecimiento, sólo me quedó expresar “que descanse en paz”.
Al margen de color político, signo ideológico o antecedentes personales, NO puedo alegrarme o celebrar la muerte de alguien ni justificarla. Es inhumano. No solamente por el difunto o la difunta sino por sus familiares y seres queridos, a quienes les duele el fallecimiento. Quienes desde las redes sociales Facebook y X (antiguo Twitter) publican mensajes insultando a un fallecido o una fallecida, burlándose de él o ella o festejando la muerte o justificándola me causan repugnancia y rechazo absoluto.
No he escrito este artículo, porque sea Giampietri. Por ejemplo, jamás respaldé a quienes desde las redes sociales o los medios de comunicación hicieron escarnio de Inti Sotelo y Brian Pintado, aquellos jóvenes que fallecieron en las violentas marchas de noviembre de 2020 en el Centro de Lima, el “bochinche callejero” que “se cargó” el gobierno de Manuel Merino. No interesa lo que ambos hicieron en vida (no eran “angelitos del Señor”, cierto), pero no merecían morir en esas circunstancias. Por tal motivo, consideré entonces -y aún considero- abominable que hubiera sectores políticos y sociales aprovechándose de esas muertes para acceder o mantener cuotas de poder. La posterior sucesión constitucional que instaló el interinato bajo el gobierno de Francisco Sagasti siempre estará “manchada de sangre”.
Tampoco disculpo faltas o delitos que alguien fallecido hubiese cometido. Si no pudo ser sometido a los tribunales de justicia, no se salvará de una justicia divina o extraterrenal. Si cometió faltas o delitos y pudo ser juzgado y sentenciado, espero se haya redimido. Si alguien fue una persona mala, quien hizo mucho daño a sus semejantes (por ejemplo, Abimael Guzmán, líder fundador de los terroristas de Sendero Luminoso, quien murió preso el año pasado), su muerte me causaría alivio, pero no regocijo.
Quien escribe procura no llenar de odio el corazón. Por desgracia, la sociedad peruana ha oído y leído por demasiado tiempo a quienes tienen el “alma envenenada” y no hacen más que desperdigar sus ponzoñas a los demás. Tal vez usted crea que todo este escrito no es “realista” o “maduro”, pero desde la niñez me enseñaron que la muerte nos iguala a todos. Por eso siempre expreso cuando me entero sobre el fallecimiento de alguien “que descanse en paz”.
Si
usted no puede expresar dicha frase por alguna razón, entonces el silencio es
lo más civilizado que puede responder.
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