Juventud, problemático tesoro

 

Una de las consignas más conocidas -y también más engañosas- de ese charlatán intelectual llamado Manuel González Prada a finales del siglo XIX es “Viejos a la tumba, jóvenes a la obra”.

Desde entonces la política peruana está impregnada con una obsesión por la juventud y la renovación. “Hay que estar con los jóvenes”, “Apoyemos a los jóvenes”, “Los jóvenes renovarán la política” y un sinnúmero de falacias. No obstante, la realidad no ha acompañado esa romanización del relato político.

El APRA fue el primer partido político en apelar a los jóvenes, a través de sus secciones juveniles. Tenía sentido: la dirigencia primigenia era bastante joven, incluido el propio Víctor Raúl Haya de la Torre. Sin embargo, sin una guía firme y creíble, los ímpetus juveniles son impredecibles. Esa misma militancia juvenil metió al APRA en problemas durante las décadas de 1930 y 1940: atentados terroristas y conspiraciones para provocar levantamientos armados. Tras la “traiciones” de la dirigencia con “La Convivencia” primero y la “Coalición del Pueblo” después, vinieron las escisiones en la juventud aprista.

En la década de 1950 surgió la Democracia Cristiana, el primer partido político de tendencia socialcristiana en Perú. El líder fue el abogado Héctor Cornejo Chávez. Cornejo Chávez era un tipo brillante, pero un orador mordaz. Aunque fue diputado y senador, nunca ocultó sus ambiciones presidenciales. En el frenesí revolucionario de la década de 1960, proveniente de Cuba y Fidel Castro, que envolvió a toda la juventud latinoamericana, Cornejo Chávez buscó complacer discursivamente a los impetuosos jóvenes de su partido. Al final, Cornejo Chávez quedó exhausto, pero la juventud democratacristiana quería más y comenzó la escisión: una de esas facciones se convertiría en el Partido Popular Cristiano.

En la década de 1980 la alianza izquierdista Izquierda Unida mantuvo una lamentable ambigüedad frente a la violencia terrorista de Sendero Luminoso, porque los partidos “rojos” que conformaban la coalición política temían que la irrefrenable militancia juvenil se volviera senderista. Por supuesto, estos ejemplos provienen de una época de compromiso político y formación ideológica. En el siglo XXI peruano, coincidiendo con la transición hacia la democracia entre 2000 y 2001, la juventud se ha caracterizado mayoritariamente por el desinterés hacia la política y el vaciamiento de ideas.

Por eso hoy tenemos a políticos como el “curaca” César Acuña apelando a jóvenes populares en las redes sociales o las plataformas streaming de Internet para atraer el voto juvenil en las elecciones generales. Chistes, bailes, entrevistas complacientes, además de mucho dinero, y Acuña u otros políticos creen que ya tienen asegurado los votos de miles de jóvenes, los cuales equivalen actualmente a un tercio del electorado. Están muy equivocados. Esos jóvenes que se divierten con el político haciendo el ridículo no necesariamente le votarán.

Paradójicamente, González Prada, el pseudo-promotor de la juventud, no solía rodearse de jóvenes. Por algo sería. 

 

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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