El final de Alan García ("ESPECIAL")


Una noticia sorprendió al Perú la mañana del domingo 18 de noviembre.

Alan García, quien ejerció dos veces la Presidencia de la República, ha pedido asilo a la embajada de Uruguay en Lima. A solicitud del Ministerio Público, el Poder Judicial le había dictado impedimento de salida del país. García es investigado a raíz del “escándalo Odebrecht”, la corrupción de la empresa constructora brasileña en el Perú, entre 2005 y 2014. Él (aún) no está imputado ni procesado penalmente.

Temiendo una prisión preventiva, García recurrió a la embajada uruguaya, pero él NO es un “perseguido político”, porque en el Perú desde 2001 NO hay “perseguidos políticos” ni “presos políticos”. No obstante, con ese pedido, ha culminado su aparatosa carrera política.

Alguna vez Alan García fue una joven promesa de la política peruana. En 1978 fue electo para la Asamblea Constituyente. Desde esa época su oratoria era brillante. Eran tiempos de buenos oradores y discursos bien estructurados. En 1980 García fue elegido diputado y ahí comenzó su camino a la cima. Para ello nunca vaciló en recurrir a la demagogia y la agitación política. Así en 1982 utilizó la Cámara de Diputados para conseguir notoriedad increpando públicamente al senador Manuel Ulloa, entonces presidente del Consejo de Ministros y ministro de Economía y Finanzas, por su torpe política económica  y azuzando a sus partidarios en el hemiciclo. Todo captado por reporteros, fotógrafos y camarógrafos.

Para García las imágenes siempre fueron importantes. Por eso nunca reparó en bailar, cantar, tocar guitarra o declamar poesía en público. En fin, derrochar encanto y ganar simpatía. Su principal, sin embargo, arma era el instinto político: saber qué hacer o decir en el momento propicio, aunque a veces se equivocara. En 1987, con el intento de nacionalización de la banca, falló. Creyó que la población lo respaldaría. En 1991 proclamó histriónicamente su inocencia ante el Senado por acusaciones de corrupción buscando la gente le creyera y no le creyó. Se ha equivocado cada vez que su narcisismo venció a sus habilidades políticas.

Entre 1985 y 1990 García presidió un gobierno partidista, burocrático y populista. Un Gobierno de “antiimperialismo”, “balconazos” y retórica revolucionaria. Un Gobierno de precios controlados, control cambiario, prohibición de importaciones, emisión inorgánica de dinero. El Gobierno de la hiperinflación, la pauperización, el cenit terrorista y el latrocinio. En un giro copernicano por la experiencia y el mundo post-moderno, entre 2006 y 2011 emergió otro García. Ese Gobierno fue personalista, tecnocrático y social-liberal. Un Gobierno adalid de la inversión privada y el libre comercio. Un Gobierno de crecimiento económico, modernización productiva, estabilidad política. También, corrupción.

En la historia peruana sólo Nicolás de Piérola había tenido una segunda oportunidad para reivindicarse y García la aprovechó, hasta cierto punto. No obstante, la egolatría pudo más. Creyó que podía extender su liderazgo fuera de su tiempo-histórico. Creyó (o le hicieron creer) que era indispensable y se equivocó. La impopularidad lo marcó y las ánforas lo evidenciaron. Ese narcisismo incapaz de permitirle entender que la historia no se repite, aunque se asemeje. Si tras el golpe de estado de 1992 debió asilarse en Colombia, fue porque la dictadura recién entronizada envió tropas elite del Ejército a su casa para matarlo. De la clandestinidad se fue del país para salvar su vida y la vida de su familia. No volvió al Perú hasta 2001 durante el gobierno de Valentín Paniagua. Ahora no es igual.

Algún día se escribirá sobre Alan García como un político claro y sombrío, complejo y contradictorio. Ni idealizado ni demonizado. Hombre de carne y hueso, ambicioso del poder.


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