Hacen transcurrido tres semanas desde la caída del gobierno de Pedro Castillo y conviene una breve síntesis del pasado inmediato y el futuro cercano.
Los sectores “de derecha” hoy respiran aliviados. Sin embargo, en julio del año pasado el ánimo era distinto. Pasaron los primeros cuatro meses de Castillo muertos de miedo, porque creían (culpa de charlatanes disfrazados de “anticomunistas”) que se nos venía la “venezolanización”. No había forma de reproducir la experiencia política de Venezuela, pero erre con erre. No entendían.
Los siguientes cuatro o cinco meses, época de las dos primeras mociones de destitución en el Congreso, los sectores “de derecha” soñaban con revivir los sucesos de noviembre de 2020 cuando cayó el gobierno de Martín Vizcarra. Tampoco iba a ocurrir así. A partir de entonces hasta las elecciones municipales y regionales en octubre, a medida que Castillo se volvía más autoritario y su putrefacción salía más a la luz pública, otra vez los sectores “de derecha” se asustaron. Muchos fantaseaban con un “audio bomba” o “video bomba” que acabase definitivamente con el “hombre sin sombrero”, pero más de uno temía que antes proclamase la dictadura, empezara a nacionalizar empresas y termináramos muriendo de hambre. Para nada.
Fue a partir de octubre, cuando se percataron que no habría ninguna “marea roja” en el país, que los sectores “de derecha” se envalentonaron. Hoy sienten que la caída de Castillo es su triunfo político. Aunque hubiesen preferido otra persona para la sucesión constitucional, ahora parecen aliviados por la impronta “derechista” de la Presidenta de la República y su Gobierno. No les queda más que apoyarla hasta las elecciones generales anticipadas.
Por su parte, las facciones de izquierda radical no serán las mismas tras los dieciséis meses de Castillo. Para “hacer la revolución” era necesario un liderazgo único y fuerte y un movimiento político capaz de volverse hegemónico. Jamás hubo nada. Todo el tiempo primaron las cuotas de poder, las prebendas y el desfalco al erario público. Primero el corrupto ex presidente regional de Junín, Vladimir Cerrón, comunista estalinista. Después la ex congresista Verónika Mendoza, comunista afrancesada. Por último, el congresista Guillermo Bermejo, un “filo-terrorista”. Cada uno intentó influir sobre un Castillo sin rumbo político y dirigir el proceso, sin éxito.
Hoy las facciones de izquierda radical sienten la pérdida de poder y el desvanecimiento de la “fantasía revolucionaria”: “cargarse” la democracia restaurada en 2001 y el modelo económico heredado de la década de 1990. Por eso apelaron a la violencia callejera y los conatos de revuelta. El discurso de “lucha de clases” caló y tienen el elemento humano necesario para pensar que pueden “incendiar el país”. No le darán tregua a la Presidenta de la República y atacarán su Gobierno por donde sea. Creen vivimos bajo una “dictadura cívico-militar”.
¿Qué pasa con la “progresía” limeña, soberbia y ensimismada?. Confió -ilusamente- en que Castillo la llamaría para gobernar con él y éste le traicionó. Por algunos meses pensó que, al menos, tendría una importante cuota de poder. Como no fue así, se dividió entre quienes no querían saber nada con Castillo y quienes aún tenían esperanzas en él. El 07 de diciembre le sorprendió: muchos no pensaron que Castillo caerían abruptamente y otros no querían que cayera aún. Masticó, pero no tragó la sucesión constitucional. No gusta de la Presidenta de la República y hubiese preferido un reemplazo de su signo ideológico. A medida que se haga palpable la “derechización”, hostigará al nuevo Gobierno para intentar doblegarlo.
El futuro
del Perú luce complicado, pero esperanzador. Por ahora, Feliz Navidad a todos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario