Peligro, violencia política (¡ESPECIAL!)


Escuché en la radioemisora RPP al congresista electo Posemoscrowte Chagua (¡sí, vaya nombre!) emitir declaraciones que debieran preocuparnos.

Para quienes no lo conocen, Chagua, integrante del partido UPP, es un hombre vinculado al ex mayor del Ejército, Antauro Humala. Como su líder, estuvo preso por haber participado en la “asonada” de Andahuaylas en 2005, cuando fueron vilmente asesinados cuatro efectivos elite de la Policía Nacional. Purgó seis años de cárcel por rebelión, secuestro (la “asonada” comenzó con el secuestro de policías en la comisaría de Andahuaylas) y tenencia ilegal de armas de fuego. Médico de profesión, cree en el “etnocacerismo”, esa ideología cuasi-fascista del encarcelado “Antaurito”.

Chagua, quien se “enorgullece” de la “asonada”, dijo que él y los otros “antauristas” buscarán IMPONER a las demás bancadas en el nuevo Congreso un proyecto de ley de amnistía para “Antaurito”. Además, que “de cualquier forma” ellos van a “derogar” la Constitución de 1993. Todo por el “pueblo”, aunque sólo obtuvieran 6% de voto válido en la elección parlamentaria.

Chagua y otros “antauristas” se oirán absurdos, porque son una ínfima minoría, a pesar de los escaños alcanzados en la Cámara. Sin embargo, son peligrosos, porque ninguno de ellos cree en la democracia, la libertad, la propiedad privada, las instituciones ni el imperio de la ley. Deben preocuparnos, porque el lenguaje “antaurista” es supremacista y totalitario. Sobre todo, violentista. La constante reivindicación de la “asonada” de Andahuaylas en 2005 es una señal de hasta dónde estarían dispuestos a llegar.

No es broma. Salvo el terrorismo de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru en la década de 1980, el Perú ya no conoce lo que es “violencia política”. Ni siquiera son los “bochinches” de la izquierda radical. No la hay cruda y dura desde 1946, 1947 y 1948, los años del gobierno de José Luis Bustamante y Rivero, cuando fue alentada por el APRA.

En esa época, el APRA no creía en la democracia. Era un partido político sectario y bastante intolerante. Tenía mayoría en el Senado y la Cámara de Diputados por las elecciones generales de 1945, pero era fuera del Congreso era violentista. Para ese fin tenía a los “búfalos”, la fuerza de choque aprista destinada a atemorizar o silenciar opositores. Muchos eran matones salidos de la cárcel por la amnistía de 1945. El APRA ingresaba turbas a los hemiciclos para que aplaudan a sus líderes o pifien e insulten a los opositores. Cuando senadores o diputados opositores salían del Palacio Legislativo, los “búfalos” los agredían verbal o físicamente.

La violencia política se propagó por el país. En 1946 turbas apristas pasearon por las calles del Centro de Lima muñecos “ahorcados” de “reaccionarios”. En Ica apristas amenazaron a los militantes de la Unión Revolucionaria con “colgarlos” de faroles y árboles de la Plaza de Armas. A través de Contraataque, un pasquín aprista paralelo al diario partidista La Tribuna, lanzaban amenazas de muerte contra opositores. Por supuesto, el APRA no era “culpable”. Tanto que en el Congreso en 1947 los apristas osaron “exigir” al Ministerio de Justicia y Trabajo denunciar a los diarios El Comercio y La Prensa por “insinuar” que turbas apristas asaltaron las oficinas de la hacienda Tumán en Lima, pese a que el líder del asalto era Amador Ríos Idiáquez, sobrino de Jorge Idiáquez, secretario personal del jefe máximo Víctor Raúl Haya de la Torre, conocido aprista y vinculado al asesinato del comandante Segundo Morales Bermúdez en Trujillo, en 1939.

Estamos advertidos. Que la Historia no se repita.


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