Muy pronto se cumplirán quince
años de democracia ininterrumpida desde el año 2000 y hay quienes la comparan
con otro momento de la historia del Perú: la “República Aristocrática”.
La comparación es odiosa e
incorrecta. El historiador Jorge Basadre llamó al periodo comprendido entre
1895 y 1919 la “República Aristocrática”, que se caracterizó por la sucesión
continua de varios presidentes: Nicolás de Piérola, Eduardo López de Romaña,
Manuel Candamo (murió durante su mandato), Serapio Calderón, José Pardo y
Barreda (dos veces), Augusto Bernardino Leguía (el más corruptor de todos los
políticos de entonces) y Guillermo Billinghurst. Además, es la época de la hegemonía
del Partido Civil, una organización política fundada en 1871 y al servicio de
hacendados, banqueros y comerciantes: la oligarquía.
¿Por qué es singular esta etapa
de la Historia?. Tras la Revolución de 1894, Piérola primero y los civilistas
después consiguieron “institucionalizar” algo el país, que había vivido
políticamente convulsionado desde la Independencia y, sobre todo, la derrota en
la guerra contra Chile. La Constitución de 1860 permitió un ejercicio, más o
menos, formal del poder. Poderes públicos e instituciones funcionaron continuos.
Cuando Piérola entregó pacíficamente el mando a López de Romaña en 1899, no
había ocurrido un hecho similar desde 1876 con Manuel Pardo y el general
Mariano Ignacio Prado.
Que nadie se equivoque: la “República
Aristocrática” nunca fue una democracia representativa. En realidad, era un
régimen plutocrático censitario. Los ideales republicanos de la Independencia
fueron lentamente triturados. La tradición de fraudes electorales que venía del
siglo XIX siguió y la Reforma Electoral de 1896 facilitó al Partido Civil “capturar”
todo el poder: Supremo Gobierno, Congreso, Corte Suprema de Justicia, ejército,
municipalidades, etc. El Partido Demócrata, el Partido Constitucional y el
Partido Liberal nunca fueron rivales para los civilistas y hasta se resignaron
a acompañarlos. El Estado se convirtió en instrumento corrupto de intereses
mercantilistas en una economía patrimonial. La “República Aristocrática” no fue
modernizadora sino la máxima encarnación de un orden social caduco, sin mayores
variaciones desde el virreinato español.
Pronto el régimen anti-democrático
hizo metástasis engendrando soluciones populistas como Guillermo Billinghurst,
quien no vaciló en apelar a la demagogia y la violencia callejera para alcanzar
la presidencia en 1912. Los viejos civilistas sintieron amenazados sus
privilegios y durante dos años hubo una pugna por el control del Estado, que
desembocó en el golpe de estado del 04 de febrero de 1914, el derrocamiento de
Billinghurst y una breve dictadura. La “República Aristocrática” intentó
reconstituirse en 1915, pero estaba herida de muerte y la estocada final
ocurrió con el golpe de estado del 04 de julio de 1919.
Considerando que la democracia se
inauguró en 1931 y fue efímera durante el siglo XX, la continuidad del régimen
democrático actual es única. Que siga así.


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