Poco a poco fueron llegando las
cifras oficiales de muertos. Al inicio, no superaban el centenar. Sin embargo,
los cadáveres continuaban contándose y eran apilados unos sobre otros formando
columnas de hasta dos metros de alto.
Los cuerpos de los infortunados
fueron llegando a los hospitales Guillermo Almenara y Dos de Mayo, la Morgue
Central y la Asistencia Pública. A quienes que eran identificados se les
anotaba su nombre y sus apellidos en un esparadrapo que era colocado en su
boca. Muchos no-identificados permanecían en los jardines de los hospitales.
Por los medios de comunicación se solicitaba ayuda y apoyo de médicos y
enfermeras y también donantes de sangre.
La tragedia no había terminado.
Los aficionados que consiguieron escapar, salieron enardecidos y algunos
agredieron y mataron a tres policías. A uno lo tiraron desde una tribuna a la calle,
otro fue linchado y un tercero muerto a patadas. Hubo saqueos, robos. Muchos automóviles
y buses de transporte público fueron incendiados. La fábrica estadounidense de
neumáticos Good Year fue quemada por
la turba. En la ciudad, la Guardia Civil recuperó el control recién en horas de
la noche. Fue tal la conmoción interior que suspendieron las libertades de
tránsito y de reunión, la inviolabilidad de domicilio y comunicaciones y los
arrestos previa orden judicial durante un mes.
Dos días después de la tragedia fue
capturado el “Negro Bomba”. La cifra oficial de muertos arrojó 328. Los heridos
superaron los cuatro mil. Ha sido la peor tragedia en un estadio de fútbol de
América Latina. Tras ese lamentable episodio el Estadio Nacional cerró sus
puertas cerca de seis meses para eliminar la zona que circundaba toda la parte
baja. La capacidad inicial de 53 mil aficionados se redujo a 45 mil. Aunque el
partido no terminó, a Argentina se le concedió la victoria y el campeonato fue cancelado.
Los argentinos clasificaron a Tokio. Brasil y Perú jugaron meses después un
partido para definir el segundo cupo. El 07 de junio, Brasil goleó 4-0 a Perú.
Se dice que, tras la tragedia,
Pazos recibió tratamiento siquiátrico y se convirtió en sacerdote católico. Nunca
más se cierran las puertas en un estadio de fútbol. El informe del hospital Dos
de Mayo indicó que 90% de las víctimas murieron por asfixia. El resto fue por
diferentes tipos de traumatismo. Se decretó siete días de luto nacional.
El informe que presentó un mes
después el juez Benjamín Castañeda, quien estuvo a cargo de la investigación,
concluyó que hubo “una siniestra conjura para
avasallar al pueblo con un trasfondo que debe ser investigado”, por lo que
fue anulado por la Corte Suprema de Justicia y recién se llegó a una conclusión
en 1971 al culpar a De Azambuja, quien al final fue declarado inocente.
Nunca había ocurrido una tragedia
así en un estadio, a pesar que hubo casos similares en 1902, 1944 y 1946, el
primero y tercero en Gran Bretaña y el segundo en Argentina. Una tragedia que
marcó a una generación de futbolistas. Bien por Sifuentes al recordar esta
tragedia, porque no debe ser olvidada.


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