Tu cuerpo aún no te pertenece


Gusto de los debates doctrinarios, pero olvidé hablar sobre el rechazo de la Comisión de Justicia y Derechos Humanos del Congreso al proyecto de ley que pretendía despenalizar el aborto por violación sexual, inseminación artificial y trasferencia de óvulos no-consentida.
Fue una iniciativa legislativa ciudadana, que inmediatamente fue combatida por esos congresistas influenciados o influenciables por el poder avasallador de la Iglesia Católica y las iglesias evangélicas. A pesar de una pequeña marcha “singular” de mujeres feministas por el centro de Lima y los exteriores del Palacio Legislativo, la mayoría rechazó el proyecto.
Según explica la abogada Josefina Miro Quesada, el Código Penal de 1991 tipifica el aborto como delito y establece pena de cárcel tanto para la madre como tercera persona que practique el aborto. Como en todo delito, hay gravedad y atenuantes y si se trata de violación sexual (leitmotiv), la pena por aborto se reduce de dos días a tres meses de prisión. A diferencia de la opinión de la congresista Martha Chávez, sanción es sanción aun cuando no vaya a prisión o el delito prescriba en un tiempo igual a la pena máxima.
El proyecto de ley quería que el aborto para estos supuestos sea semejante al “aborto terapéutico” (lícito desde 1924, pero cuyo protocolo fue aprobado después de mucha resistencia “religiosa” recién el año pasado) y hubiese obligado al Ministerio de Salud a aprobar los respectivos protocolos de uniformización de estándares de atención de calidad. Originalmente, el Código Penal de 1991 iba a despenalizar el aborto por violación sexual, terapéutico (por razones médicas) y eugenésico, pero fundamentalmente la jerarquía eclesiástica presionó a la comisión de juristas encomendada de elaborar (el antiguo Congreso habían delegado facultades legislativas al novísimo gobierno de Alberto Fujimori) el proyecto a cambiar de criterio y así ocurrió. La historia se repite.
¿Por qué esa rayana obsesión por controlar el cuerpo de la mujer?. Toda mujer debe ser libre de decidir la continuidad o no del embarazo y asumir la responsabilidad por las consecuencias de su decisión. Por mi fe católica y el haber vivido de cerca el drama de un aborto, no se lo recomendaría a ninguna mujer embarazada, pero tampoco le impediría hacerlo si ya lo decidió. La libertad es tanto para acertar como para equivocarse.
La Iglesia Católica y las iglesias evangélicas argumentan que sólo “defienden la vida y la familia”, pero es una excusa hipócrita, porque no se indignan por esas mujeres sexualmente violadas de bajos y no tan bajos recursos económicos que arriesgan sus vidas recurriendo a abortos clandestinos realizados por obstetras, enfermeras, practicantes o estudiantes de medicina humana en condiciones insalubles. No defienden “la vida y la familia” sino el honor sexual, como -por ejemplo- lo defendía el Código Penal de 1924 que no tipificaba como delito la violación sexual dentro del matrimonio.
Aunque la Comisión de Constitución y Reglamento del Congreso también rechazase la iniciativa, la lucha seguirá.

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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