El nuevo Presidente de la República juramentó a su gabinete ministerial.
El nuevo Ministro de Economía y Finanzas es bueno. Sabe que el proyecto de presupuesto público para el siguiente año está desfinanciado. Sin embargo, el nuevo Gobierno optaría por endeudamiento para equilibrar las finanzas públicas, no por recorte de gastos. Otros ministros son aceptables. No obstante, la nueva Presidenta del Consejo de Ministros es casi una “forastera”, sin peso político. Error, casi burla, el retorno como Ministra de Salud de quien fue una cómplice de esa “tarántula venenosa” que nos desgobernó durante treinta meses en la tragedia nacional frente a la pandemia viral COVID-19. ¿Qué haría ahora que no hizo hace tres semanas?.
Hablando del “alacrán”, quien tenía el Palacio de Gobierno como sentina, el Tribunal Constitucional decidió (por mayoría) rechazar la acción de competencias presentada en septiembre por el primer intento de destitución presidencial en el Congreso. Como el fallo sobre la disolución forzada de la Cámara el 30 de septiembre del año pasado, los magistrados no se pronunciaron sobre la constitucionalidad o no del acto parlamentario de destituir sino sobre si todavía cabría resolver algo, considerando que la causa había desaparecido: el primer intento de destitución fracasó. El segundo intento prosperó, pero la “araña ponzoñosa” no presentó antes otra acción de competencias ni solicitó una medida cautelar. Era una “sustracción de la materia”.
Por tanto, quienes crearon la narrativa del “golpe de estado” quedaron en el aire. ¿Dónde está el “golpe”?, ¿para qué agitaron las calles durante cinco días?. Las mentiras tienen patas cortas. En esa línea de hechos, la Defensoría del Pueblo desmintió la información de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos que habló de 71 desaparecidos durante las violentas protestas en el Centro de Lima contra el breve Gobierno surgido de la sucesión constitucional. Al final, la mayoría de falsos desaparecidos se quedaron sin batería en el teléfono celular o pernoctaron en casa de alguna amistad. Hubo cuatro supuestos desaparecidos que nunca fueron a las marchas (incluso uno estaba en Arequipa) y otro, sus nombres y apellidos ni siquiera figuran en la base de datos del Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (RENIEC). Otra mentira.
Algunos de quienes alentaron las protestas (especialmente, desde una computadora o un teléfono celular en la comodidad de un apartamento o el extranjero) están alentando “escraches” (en Chile le llaman “funas”): personas congregadas frente a un lugar para humillar, insultar o burlarse de alguien que no tiene sus simpatías. Iniciaron estos actos repulsivos el colectivo fujimorista La Resistencia, liderado por un acusado de asesinato y librado de la cárcel por sobreseimiento del caso penal. Ahora es peor: son turbas (hay muchos jóvenes), convocadas desde el ciberespacio, tiene un discurso muy amenazante y sectario, acuden al frontis de viviendas y claman a favor de la censura o el boicot. La principal víctima en estos días es el periodista Humberto “Beto” Ortiz.
El politólogo Carlos Meléndez compara la convulsión reciente con el “estallido social” chileno del año anterior, pero no hay comparación: en Chile había mucha violencia callejera, mucha destrucción de propiedad pública o privada y ataques sistemáticos a los Carabineros, en Santiago, Iquique, Valparaíso, Concepción o Temuco. Políticos oportunistas, intelectuales izquierdistas y medios de comunicación mercantilistas canalizaron el descontento popular hacia la redacción de una nueva Constitución. Acá la violencia fue en el Centro de Lima y a los grandes medios de comunicación, parte de las elites y muchos políticos no les interesa una nueva Constitución. A la gran mayoría de la ciudadanía, tampoco. La realidad peruana es diferente a la realidad chilena.
Así está el
Perú.
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